La prolífica dramaturga y narradora argentina falleció a los 98 años dejando una obra imprescindible atravesada por la crítica al poder, la denuncia de la violencia institucional y un compromiso ético inquebrantable que la llevó del exilio a convertirse en un faro de la cultura nacional.
Griselda Gambaro, una de las plumas fundamentales de la cultura argentina y referente ineludible del teatro de resistencia, falleció a los 98 años, apenas dos meses después del deceso de su compañero de vida, el escultor Juan Carlos Distéfano. Nacida en Buenos Aires en 1928, Gambaro forjó desde su juventud una vocación indeclinable por las letras mientras trabajaba como secretaria en Espasa Calpe y en el club Independiente. Su irrupción definitiva en la escena nacional se consolidó en la década de 1960 a partir de obras como Madrigal en ciudad —distinguida por el Fondo Nacional de las Artes— y la célebre El desatino, pieza galardonada con el Premio Emecé que marcó el inicio de un catálogo teatral y narrativo de impacto imborrable.
A lo largo de más de cinco décadas, su producción dramática se transformó en un agudo bisturí para explorar los mecanismos del poder, la violencia institucional, los abusos en los vínculos humanos y los conflictos sociales. Títulos emblemáticos como Las paredes, Los siameses, El campo y la inolvidable La malasangre (1981) la posicionaron como una autora indispensable para entender la escena nacional. Tras sufrir la prohibición de su novela Ganarse la muerte por un decreto de la última dictadura militar y figurar en sus listas negras, debió exiliarse junto a Distéfano en Barcelona, desde donde sostuvo una postura ética e intelectual inquebrantable frente al autoritarismo.
Con el regreso al país a comienzos de los años ochenta, Gambaro se integró como una de las figuras centrales de Teatro Abierto, el histórico movimiento de resistencia cultural impulsado por la comunidad teatral, donde estrenó la célebre pieza breve Decir sí. En la etapa democrática, continuó problematizando las huellas del terrorismo de Estado y la revisión de los clásicos universales en textos de enorme vigencia como Antígona furiosa (1988), La casa sin sosiego, Atando cabos y Querido Ibsen, soy Nora (2013). En 2015, reafirmó su vitalidad creativa al escribir El don para la actriz Cristina Banegas y publicar El teatro vulnerable, una valiosa compilación de sus ensayos y conferencias.
La trascendencia de su obra le valió los más altos reconocimientos locales e internacionales, marcando además hitos colectivos para las mujeres en la cultura: en 2005 se convirtió en la primera mujer en brindar el discurso inaugural de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, distinción que revalidó en 2010 al abrir la Feria del Libro de Fráncfort cuando la Argentina fue país invitado de honor. Distinguida con el Gran Premio de Honor de Argentores, el Konex de Platino, el título de Ciudadana Ilustre porteña y el Doctorado Honoris Causa del IUNA, Gambaro deja una herencia artística que convirtió al escenario en un territorio innegociable de memoria, dignidad y libertad.
Tiempo Argentino




