Para el escritor Mempo Giardinelli, “las preocupaciones fundamentales del presidente parecen reducirse tercamente a privilegiar a la casta de sus amigos, parientes y acomodados”. En ese contexto, consideró que “sería preciso y urgente aumentar la presión popular para que el Congreso de la Nación defina y organice el reclamo de necesidad y urgencia que hoy no se le exige clara y contundentemente pero que bien podría consistir en la inmediata renuncia indeclinable al cargo”.
Por Mempo Giardinelli
En algunos círculos políticos –cierto que todavía pocos y minoritarios– se ha empezado a considerar la posible renuncia del Presidente de la República a su cargo.
Los argumentos son obvios y compartidos por gran parte de la ciudadanía: el gobierno de Javier Milei parece cada día más insostenible por muy diversas causas, algunas de ellas escandalosas y, las pocas que no, debidas a que la situación social y laboral es calamitosa.
No sólo diversas encuestas y evaluaciones demuestran la vertiginosa caída de la imagen del Presidente, sino que es visible el creciente estado de nerviosismo y fastidio popular provocado por los bajísimos salarios, el desempleo que no deja de crecer, la inflación y el alza del costo de vida, y la imposibilidad de contener la creciente violencia callejera y la elevada criminalidad que en el conurbano bonaerense ha llegado a ser incontrolable.
Ante todo eso, todas las explicaciones y justificaciones resultan insuficientes frente a la angustia y el miedo populares, así como el malhumor generalizado que, como está a la vista, el gobierno nacional o ignora o elude reconocer.
Lo cierto es que es manifiesta la imposibilidad de atenuar o disimular los padecimientos de millones de compatriotas cuyos reclamos no son reconocidos ni atendidos como en cualquier sociedad moderna, en la que el bienestar social es misión y labor fundamental de todo gobierno.
En el caso argentino, y particularmente en los sectores más postergados y carentes de mejoras sociales, esta dura realidad se ha convertido en dolor cotidiano. Los índices de pobreza han aumentado exponencialmente, lo que es especialmente grave y urgente atender porque lo que está en juego es una creciente frustración y desesperación popular que podría amenazar la Paz Social. Que sigue en sistemático y pronunciado aumento al cabo de ya tres años de mileísmo que desesperan a vastos sectores sociales, sobre todo en el Gran Buenos Aires pero también en provincias y particularmente en grandes conurbanos como Santa Fe o Córdoba, por lo menos, donde la violencia, el latrocinio y el desempleo crecen a diario y afectan, y mucho, a todos los sectores populares.
Así el hartazgo y el temor social crecen también y se combinan, y eso no sólo es evidente por las quejas y reclamos, sino porque además la protección gubernamental en el escandaloso “Caso Adorni” también produjo un fastidioso descontento generalizado al que además de rabia hay que sumarle la violencia callejera y la circulación de drogas, que exigen el urgente restablecimiento de una paz social hoy quebrantada en todos los ámbitos.
Por eso es de verdadera necesidad y urgencia recomponer la honradez en todos los órdenes, públicos y privados. Y a esto lo pide y escribe, con toda humildad pero con absoluta convicción y firmeza, un ciudadano que al igual que millones de compatriotas repudia los acomodos y privilegios de esa casta gobernante cuyas decisiones, silencios, simulaciones y falsedades resultan tan groseras como ofensivas.
Y eso en un contexto en el que el presidente Milei –que no ha demostrado ser un estadista poseedor de grandes valores morales– lleva ya un par de semanas en lucha fantasmal para proteger a su favorito, labor en la que hasta ahora le ha ido muy mal puesto que el emblemático “Caso Adorni” es a todas luces irreparable.
Como fuere, las preocupaciones fundamentales del presidente parecen reducirse tercamente a privilegiar a la casta de sus amigos, parientes y acomodados. Por lo que sería preciso y urgente aumentar la presión popular para que el Congreso de la Nación defina y organice el reclamo de necesidad y urgencia que hoy no se le exige clara y contundentemente pero que bien podría consistir en la inmediata renuncia indeclinable al cargo que Javier Milei a todas luces no ha sabido honrar.
Es posible que algunas personas de liviana moralidad –típicos personajes de la política argentina de las últimas décadas– cuestionen este planteo que, sin embargo, es ya tan necesario como urgente. Porque al presidente Milei –cuyo cargo aquí se escribe con letras minúsculas para subrayar su natural mediocridad intelectual– si acaso le quedara todavía un cierto sentido del honor y alguna pizca de honestidad, bien podría dar un paso al costado, lo que constituiría su mejor contribución a la Paz, la Democracia y la reorganización de un funcionariado nacional que a su vez deberá –algún día no lejano– proceder a urgentes y profundas limpiezas conductuales en todo el espectro político de este país que las grandes mayorías argentinas aman, pero que tantas veces se traiciona a sí mismo.
Página/12




