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    20 noviembre 2024 SOCIEDAD

    La carta de Sol Fantin, la docente que relató su historia de abuso y que ahora es censurada por el Gobierno

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    La carta de Sol Fantin, la docente que relató su historia de abuso y que ahora es censurada por el Gobierno
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    A continuación, el texto completo de la carta:

    Mi nombre es Sol Fantin. Soy autora de Si no fueras tan niña. Memorias de la violencia (Paidós, 2022), maestra en la escuela primaria desde hace más de quince años, profesora de Narración Oral en los Profesorados que forman maestros. Soy también Profesora de Nivel Medio y Superior en Letras por la UBA. Escribo estas palabras pensando en las madres, los padres y las familias de los chicos y chicas que asisten a la Escuela Media y que se formulan una pregunta necesaria y honesta sobre los materiales que se ofrecen a la lectura a sus hijos e hijas en un contexto educativo. En particular, qué se lee y cómo se lo lee en la escuela es un tema que viene convocando mis reflexiones (y mis prácticas) desde hace por lo menos dos décadas, y aunque no creo tener saldada la cuestión, sí he conseguido trazar algunas certezas que me orientan.

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    Lo primero que quiero decir es que su preocupación me parece legítima. ¿Cómo podría no serlo? La educación es por excelencia una cosa común, una cosa de todos, de la que depende el futuro que compartiremos. Es necesario abrir el espacio para el diálogo, incluso para la discusión, siempre y cuando recordemos que discutir es intercambiar argumentos con miras a llegar a un acuerdo, y no intercambiar agresiones para acallar a quien dice algo que nos enoja, nos duele o nos asusta. Es necesario partir de la base de la buena voluntad del otro, si lo que queremos es construir juntos, y no desangrarnos en una guerra de la que todos saldremos perdiendo. Es necesario poner en juego eso que también se discute en la educación de nuestros jóvenes: los buenos modales. Como personas adultas, nos corresponde comenzar dándoles el ejemplo.

    Si no fueras tan niña es un ensayo en el cual relaté mi adolescencia desde la experiencia que la atravesó: el abuso (sexual) que sufrí por parte de un profesor de una institución pseudo-religiosa, donde estudiaba filosofías de Oriente y Occidente y practicaba meditación. El proceso abusivo comenzó cuando yo tenía trece años y se prolongó hasta mis veintiuno. Fue muy difícil para mí relatar lo vivido de manera que respetara a esa niña y adolescente que fui, que en su momento fue avasallada por completo. No hablar de lo que había vivido fue la estrategia que me permitió sobrevivir veinte años, pero cuando tuve las fuerzas suficientes comprendí que guardar silencio era continuar preservando a mi agresor, que ahora se permitía poner likes en mis publicaciones de redes sociales y continuaba en contacto con jóvenes, como si nada. Él se había amparado en la certeza perversa de que la humillación y la vergüenza me impedirían denunciarlo, porque para ello tendría que contar lo sucedido. Decidí romper esa complicidad con él.

    Para preservar a la niña y adolescente que fui, entonces, encontré dos estrategias: por una parte, relaté mis recuerdos comentándolos desde la perspectiva adulta, arrojando la luz de una comprensión amorosa y protectora sobre aquello que en su momento tuve que padecer en soledad; por otra parte, me cuidé de evitar al máximo la sobreexposición, ofreciendo los detalles íntimos sólo cuando era estrictamente necesario.

    Ahora bien, ¿cómo saber qué era necesario decir? La respuesta vino de la mano de la ley: cuando hice la consulta con mi abogada para avanzar con la denuncia penal y, más tarde, cuando tuve que hacer mi declaración ante la Fiscalía, descubrí, algo shockeada, que debía responder preguntas detalladas anatómicamente hablando, porque lo que constituye delito involucra una serie de prácticas muy específicas sobre partes muy específicas de los cuerpos. Esos detalles eran los que no podían faltar en mi relato, por mucho que me costara escribirlos. Encontré el modo de hacerlo con una objetividad que me preserva de cualquier forma de la vergüenza.

    Cuando el libro finalmente fue publicado, algunos medios me entrevistaron. Entre ellos, el portal de noticias Infobae (24/03/2022) eligió titular, entre todo lo que yo había dicho en una larga entrevista y sin consultarme previamente: “20 años después entendí que fui violada”, abriendo la puerta a una serie de comentarios públicos degradantes que tuve que leer y que nadie se ocupó de regular –en un medio masivo que no tiene restricciones de acceso por edad. ¿Lo habrán hecho porque necesitaban generar impacto?

    El caso es que, efectivamente, demoré muchos años en comprender que mi padecimiento tenía origen en un delito penal grave, codificado por la ley, y no de un mal de amores propio de la adolescencia, como mi agresor me había hecho creer. La diferencia entre lo uno y lo otro venía dada, precisamente, por esos detalles anatómicos que durante tantos años no me atreví a contarle a nadie –mucho menos, durante los años noventa en que ocurrieron los hechos. Alumna del Colegio Nacional de Buenos Aires (una de las escuelas secundarias más prestigiosas del país), quizás estaba demasiado bien educada en lo que una jovencita debe decir para agradar a los adultos, para que ellos se queden con la tranquilizadora sensación de que tienen delante a una niña que no está expuesta a la urgente problemática de su sexualidad en desarrollo.

    En efecto, mi rendimiento era excelente en Literatura. Con excepción del algún pasaje de El lazarillo de Tormes (una novela del siglo XVI), en el que el niño huérfano da a entender que es abusado por el adulto, y que el profesor comentó al pasar entre risitas, no recuerdo que hayamos leído ni un solo texto que hiciera referencia a la sexualidad, que permitiera nombrar, discutir, analizar, animarse a preguntar cosas incómodas al amparo de un texto de ficción, traspasando las barreras de la vergüenza, los tabúes y los temores que a veces se instalan, comprensiblemente, en las familias. Nada que diera lugar a formularse preguntas sobre la ética, la ley, el deseo, las creencias, los mitos, los límites corporales, pero también afectivos, sobre los cuales tenemos el derecho de tomar decisiones, entre tantas cosas que es necesario elaborar durante la adolescencia en un espacio seguro, como queremos que sea la escuela –y como generalmente es, comparándola con los demás espacios sociales ofrecidos a las infancias y adolescencias.

    La literatura, como el arte en general, no presenta modelos a imitar ni tampoco es mero entretenimiento. Ofrece la oportunidad de conocer situaciones, lenguajes, valores, mundos diversos, a veces extracotidianos, que, bajo el régimen de la ficción, nos ayudan a formar nuestro propio pensamiento, a complejizar nuestros puntos de vista, a ponernos en el lugar de los otros, a imaginar alternativas, a enriquecer nuestra subjetividad. Sobre todo, nos ofrece la posibilidad de poner palabras a cosas que suceden y nos atraviesan y que, muchas veces, son difíciles de nombrar y por eso mismo, de manejar y de evaluar con un criterio propio.

    Como docentes, al elegir un texto literario nos preguntamos si las problemáticas que aparecen en él pueden ser abordadas por nuestros estudiantes según su condición.

    Diseñamos situaciones didácticas para acompañar esas lecturas, anticipando las preguntas e inquietudes que los textos pueden suscitar. Sobre todo, nos preguntamos si esas problemáticas forman parte de sus intereses y preocupaciones. En un momento como el actual, en el cual los adolescentes están expuestos a un bombardeo de mensajes que involucran todas las durezas de lo real sin tenerlos en cuenta como personas en desarrollo, generalmente sin la mediación de los adultos en la recepción de esos mensajes, es imprescindible que la escuela se haga cargo de ofrecer materiales de reconocido valor literario que les permitan poner palabras a todos esos asuntos, en su propio beneficio. Si no hacemos esto, los dejamos a merced de lo que incluso los portales de noticias presentan de cualquier manera, muchas veces con deliberada violencia. Basta un rápido recorrido por las letras de las canciones de moda, los videos de YouTube, los inatrapables “contenidos” de las redes sociales, los videojuegos, etc., para comprender la urgencia de abordar junto a nuestros chicos y chicas desde la escuela las temáticas que esos materiales presentan de modos alarmantes, para ofrecerles una alternativa crítica. Los tabúes nunca han protegido a nadie. Todo lo contrario. Lo puedo asegurar porque lo he sufrido en mi propia carne.

    Con respecto a lo que se considera valor literario, la cuestión es larga y compleja. Incluso controversial. Lo que es seguro es que las grandes obras de la literatura no se caracterizan por evitar los temas incómodos. Cuando cursaba quinto año, nos dieron a leer Morts sans sépulture (1941) de Jean Paul Sartre, para un examen de Literatura Francesa. Bajo la presión de rendir, descifré esta obra de teatro en la que aparecían torturas de soldados pro-nazis y que terminaba con el asesinato de un adolescente a manos de su propia hermana abusada.

    Quedé en shock. Después del examen, me acerqué a la profesora, que me escuchó desde su respetable tarima: le dije que hubiera necesitado que ella nos contara de qué se trataba la obra antes de dárnosla a leer. El abordaje didáctico había sido, para mí, desastroso. Ella fue sensible: se disculpó y me dijo que lo tendría en cuenta en adelante. A veces, no se trata tanto de lo que damos a leer sino de cómo lo hacemos.

    Traigo esta anécdota para llamar la atención sobre el hecho de que si nos disponemos a censurar toda obra literaria en la que se aborde la sexualidad, la violencia, o cualquier asunto de ésos que nos cuesta procesar socialmente, tendremos que dejar de leer literatura, a secas, y contentarnos con dar a nuestros estudiantes una versión edulcorada e ingenua de la realidad, mientras que ellos se enteran de cómo es el mundo por redes sociales, librados a su suerte y a intereses de dudosa procedencia.

    Si aceptamos que se censure la lectura de novelas de reconocido valor literario de la literatura local para evitar que nuestros jóvenes lean pasajes donde aparece la sexualidad, por ejemplo, o la violencia, tendríamos que empezar por retirar de las bibliotecas escolares El matadero de Esteban Echeverría, por poner el primer ejemplo que me viene a la memoria, obra sangrienta como pocas, que se considera origen de nuestra literatura nacional.

    Tendríamos que olvidarnos de trabajar sobre la mitología griega, donde los personajes poderosos violan sistemática e impunemente a las mujeres desprotegidas y el incesto es habitual. El camino de la censura no es ninguna novedad: es un viejo conocido que nunca cumple lo que promete, tan falso como peligroso, tal como demuestra la historia individual y colectiva. Ruego a las madres, a los padres, a las familias, que no se hagan eco de esta antigua trampa, que no hará sino empobrecer la experiencia de los chicos y de las chicas, además de dejarlos desprotegidos frente a los desafíos que se les presentan o se les presentarán, tarde o temprano.

    Por mi parte, escribí Si no fueras tan niña para reparar mi propia historia y lo publiqué con la esperanza de que contribuyera a evitar que lo que yo padecí le sucediera a alguien más.

    La denuncia penal que, con esfuerzo emocional y económico, llevé adelante, quedó archivada porque el juzgado correspondiente la consideró prescripta (habían pasado, si es que entendí bien, poco más de veinte años desde los hechos). Esto no significa que el delito no haya existido ni que la persona a quien denuncié sea inocente, significa que no lo investigarán. Incluso cuando hubiera cometido las aberraciones que he detallado, la Justicia considera que ya no es peligroso. Personalmente, las penas previstas no me dejan tranquila, pero creo que debería existir una condena, firme y pública. Yo debería poder nombrarlo con su verdadero nombre. Los invito a leer mi libro y formarse su propio criterio. Quizás la indignación social deba dirigirse en otra dirección, más que en censurar un conjunto de obras literarias, si lo que realmente se busca es proteger a nuestra juventud. No sea cosa que enredados en un asunto de palabras, se nos escapen los hechos.

    Por último, me llama la atención que hayan ubicado en el centro del encarnizamiento mediático, junto a tres novelas de ficción de reconocido valor literario –Cometierra, de Dolores Reyes, Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara y Las primas, de Aurora Venturini– un libro como el mío, que precisamente da testimonio del efecto devastador que una educación saturada de tabúes, supuestos valores elevados y censuras puede tener en la vida de una jovencita, dejándola a merced de la violencia de cualquier perverso que se cruce en su camino. Un libro como el mío, que alerta a los más jóvenes de los peligros del consumo problemático de alcohol y drogas, de la pérdida de lazo social con sus pares y de cualquier forma de fanatismo. Un libro como el mío, dirigido a que cualquier adolescente se anime a pedir ayuda. Un libro que viene a dejar en claro esto que dice tan bien la poeta Audrey Lorde: “El silencio no nos protegerá”. Jamás.

    Que junto a esas tres novelas pretendan censurar un libro como el mío, me pone en alerta, como si en realidad fuera otra cosa lo que se discute. Afortunadamente, no tengo ni la menor idea de cuáles son los intereses en juego. Lo que puedo asegurar es que el tratamiento mediático de la cuestión no colabora en nada con la buena educación de nuestros jóvenes, generando pérdida de confianza de los adolescentes en los adultos. No me dirijo a los políticos ni a los periodistas. Me dirijo a las madres, a los padres, a las familias, a los docentes, y a todos los que día a día velan con esfuerzo y trabajo por el bienestar de los chicos y las chicas: gracias por escuchar. Prohibirles una lectura es prohibirles una conversación. Ojalá que nunca tengan que arrepentirse de haber impuesto el silencio, ahí donde lo único que había que tener el coraje de hacer era dar la palabra.

    Página/12

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