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En aquel pa&#xED;s en el que todav&#xED;a eran importantes y significativas la literatura, la decencia y el honor, el buen estilo y la trascendencia, para dos j&#xF3;venes periodistas como ellos escribir y leerse era un imperativo intelectual y social. Que adem&#xE1;s compart&#xED;an millones, porque entonces la Argentina era un pa&#xED;s lector y de lectores. La violencia epocal, sin embargo, reg&#xF3; tanta bestialidad y tanto dolor cotidiano que, ineludiblemente, muchas tragedias llegaron a ser origen de excelentes relatos. Y en el caso del amigo al que homenajea este cuento, el estilo de su imaginaci&#xF3;n prontamente se hizo tan popular como su fan&#xE1;tica adhesi&#xF3;n futbolera al Club Atl&#xE9;tico San Lorenzo de Almagro. Quienes lean ahora estos apuntes identificar&#xE1;n velozmente al personaje, que, como en otros casos, prefiero que en este texto no tenga nombre para que siga vivo en el imaginario de cada lector/ora. Ojal&#xE1; eso suceda con quienes desde ahora se adentren en estos breves apuntes. &#xDA;ltima noche en el Col&#xF3;n Nuestro &#xFA;ltimo encuentro fue muy doloroso. Tierno hasta cierto punto pero esencialmente triste, conmovedor y duro. Y urgente porque para los dos era imperativo partir, zafar, y en mi caso lo primero era poner a mi peque&#xF1;a familia en resguardo. Los modos hab&#xED;a que inventarlos y eso implicaba cambios urgentes, radicales, como vender o alquilar la casa, prisa n&#xFA;mero uno de la que ya hab&#xED;a empezado a ocuparse Chela, quien retir&#xF3; todo lo imprescindible y todo lo cuestionable pero sin aparentar mudanza, o sea mudando de a poco y en diversos viajes. Ella sabr&#xED;a, adem&#xE1;s, llevar a los chicos a lugar seguro, quiz&#xE1;s al interior del pa&#xED;s con parientes en Santa Fe, o en Mendoza, donde yo no lo supiera y a sabiendas de que el lugar absoluta y realmente seguro era algo que no exist&#xED;a en aquel pa&#xED;s. Pero era imperativo mudarlos de donde estaban, resguardarlos donde nadie, ni yo, pudiese encontrarlos. Y adem&#xE1;s deb&#xED;a retirar los pesos que ten&#xED;amos ahorrados y la chequera, y la Olivetti, y la novela interminada que hab&#xED;a quedado en el departamento que alquil&#xE1;bamos en Juramento y Vidal, y algunos libros, y dejar todo cerrado y oscuro, al pedo pero cerrado y oscuro. Las cosas que uno piensa en momentos as&#xED;. La concentraci&#xF3;n que exigen la decisi&#xF3;n y la premura de huir convierte todo en inminente, definitivo, de &#xFA;ltimo momento y a punto de precipitarse como castillo de naipes soplado. Nos hab&#xED;amos dado cita en Las Cuartetas, sobre Corrientes, que era un sitio ideal para el crudo invierno porque serv&#xED;an el mejor submarino con churros de Buenos Aires, que sab&#xED;amos coronar con una ginebra calentante, ritual que cumpl&#xED;amos cada vez que nos encontr&#xE1;bamos antes de salir a caminar por Corrientes y la 9 de Julio. En esos d&#xED;as yo trabajaba un cuento inspirado en la amistad y los riesgos del oficio period&#xED;stico en un pa&#xED;s desquiciado, de modo que llegu&#xE9; un rato antes y orden&#xE9; un submarino mientras sacaba mi libreta Av&#xF3;n para escribir mientras lo esperaba. &#xC9;ramos amigos desde la primera tarde que compartimos escritorios en la revista Semana Gr&#xE1;fica, que fue un fugaz fracaso de la entonces importante Editorial Abril. R&#xE1;pidamente devino maestro para m&#xED; y otros redactores, y enseguida, por su agudeza y sentido de la iron&#xED;a, y por su escritura virtuosa en lo elegante y lo campechano, se convirti&#xF3; en el escritor m&#xE1;s talentoso de aquel tiempo, quiz&#xE1;s Ricardo Piglia era el otro, el m&#xE1;s instruido, onda acad&#xE9;mico, pero en la calle sin dudas Osvaldo, que r&#xE1;pidamente lleg&#xF3; a ser el m&#xE1;s le&#xED;do y celebrado entre las burgues&#xED;as urbanas junto con Manuel Puig. Ya para el segundo submarino yo escrib&#xED;a a todo trapo en mi Av&#xF3;n, como huyendo de la inquietud que otra vez me invad&#xED;a, la angustia de no saber si esa vez ser&#xED;a la &#xFA;ltima, y en la boca ese sabor amargo y seco de cuando se tiene mucha sed una tarde caliginosa a la orilla del mar. No sab&#xED;a si nos ver&#xED;amos, realmente, y menos en esas condiciones exasperantes. Y adem&#xE1;s pensaba, como &#xE9;l, que era est&#xFA;pido sentir miedo porque todo lo que hac&#xED;amos nosotros era escribir. Pero as&#xED; de absurda es la cabeza de los censores, sab&#xED;amos ambos, y as&#xED; cada uno procuraba conducirse como quien navega en un r&#xED;o torrentoso: no sab&#xE9;s en qu&#xE9; curva van a aparecer las piedras, c&#xF3;mo sortear&#xE1;s los meandros o la cascada que puede ahogarte sin remedio, pero es un r&#xED;o hasta cierto punto previsible y donde con suerte y ma&#xF1;a pod&#xE9;s sobrevivir. No como el mar, que es un gigante infinito que cuando se encabrona no da chance. La espera se hizo larga pero yo sab&#xED;a dos cosas: que los cierres en los diarios pod&#xED;an alargarse mucho y que &#xE9;l no me iba a dejar plantado. Adem&#xE1;s Las Cuartetas no estaba demasiado distante de mi refugio en casa de Vivi, mi amiga, adonde yo pod&#xED;a volver a cualquier hora, si bien cargando la culpa de saber que quien te aloja siente miedo porque uno est&#xE1; envenenado, uno es germen, infecci&#xF3;n, y te alojan pero vos sab&#xE9;s que en alg&#xFA;n punto de sus corazones generosos y fraternos est&#xE1;n deseando que te vayas de una puta vez, que no los comprometas m&#xE1;s con el simple no saber si te buscan, ni qui&#xE9;nes, ni con qu&#xE9; afanes, pero s&#xED; conscientes de que si te pescan tambi&#xE9;n ellos estar&#xE1;n en el horno y sin haberla comido ni bebido. Y tienen raz&#xF3;n, es</description></oembed>
