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El odio y el rencor de entonces &#x2013;con altibajos&#x2013; llega a nuestros d&#xED;as, y gran parte de la dirigencia pol&#xED;tica ha ignorado que la fuerza, entre otras cosas, necesita del respeto al adversario y del di&#xE1;logo. El poder necesita algo m&#xE1;s. El disenso no deber&#xED;a dividirnos, sino enriquecernos mutuamente. Ello contribuir&#xED;a a lograr lo que en 1967 el papa Pablo Vl dijo en su c&#xE9;lebre Enc&#xED;clica Populorum Progressio: &#x201C;El desarrollo es el nuevo nombre de la paz&#x201D;. En lat&#xED;n respetus (respeto) significa atenci&#xF3;n, consideraci&#xF3;n o deferencia. Aparentemente el m&#xE1;s b&#xE1;sico de los elementos constitutivos del ser humano en relaci&#xF3;n, y por lo tanto en su condici&#xF3;n de ser moral, es el respeto. La esencia de la moralidad o si se quiere de la relaci&#xF3;n interhumana est&#xE1;, como desde Kant lo pregonan muchos fil&#xF3;sofos, en el respeto del otro; y nos exige como m&#xED;nimo, una actitud intelectual o racional del otro como ser humano. Para Kant es precisamente el respeto lo opuesto al desprecio: &#x201C;Despreciar a otros, es decir, negarles el respeto que se debe al hombre en general, es en cualquier circunstancia contrario al deber&#x201D;. Jean Piaget, concluy&#xF3; que &#x201C;toda moral consiste en un sistema de reglas y la esencia de cualquier moralidad hay que buscarla en el respeto que el individuo adquiere hacia esas reglas&#x201D;. Di&#xE1;logo literalmente en griego significa d&#xED;a = a trav&#xE9;s + logos = palabra. Nos remite a la antigua Grecia (siglo lV a.C.), a los di&#xE1;logos socr&#xE1;ticos de Plat&#xF3;n como g&#xE9;nero literario. Para Arist&#xF3;teles era el modo en que los ideales, las leyes y las costumbres se interrelacionan en los casos reales. En el siglo XVIII, Jean-Jacques Rousseau en uno de sus di&#xE1;logos de inspiraci&#xF3;n plat&#xF3;nica, dijo: &#x201C;El pueblo, como soberano, debe llevar a cabo una deliberaci&#xF3;n p&#xFA;blica, que ponga a todos los ciudadanos asociados en un plano de igualdad, en la cual el cuerpo no puede decidir nada que atente contra los intereses leg&#xED;timos de cada uno&#x201D;. Varios pa&#xED;ses han evidenciado en el siglo pasado y en el actual que el di&#xE1;logo moviliza positivamente intenciones, deseos y emociones. En la concepci&#xF3;n de Juli&#xE1;n Mar&#xED;as: &#x201C;La primera condici&#xF3;n para el di&#xE1;logo es ponerse de acuerdo acerca de aquello de que se hable, que ello sea inteligible, que las partes est&#xE9;n dispuestas a admitir la evidencia, aunque sea descubierta y propuesta por el otro, en el marco de la veracidad y la coherencia&#x201D;. De otro modo, el di&#xE1;logo se convierte en profanaci&#xF3;n. Lo que es inaceptable es que una parte sustente sus argumentos en desmedro de la dignidad de la otra, o de la realidad misma. Lo b&#xE1;sico en el di&#xE1;logo es dejar de lado los insultos, el enfado y los rostros agrios, ce&#xF1;udos, incapaces de sonre&#xED;r. Tambi&#xE9;n la vanidad, la soberbia agresiva y la mentira. Pueden decirse las cosas y argumentar posiciones de palabra o por escrito con mucha fuerza pero con gracia, con respeto y dispuestos a aceptar el enriquecedor disenso. No es necesario estar de acuerdo, se puede discrepar en&#xE9;rgicamente pero sin romper la concordia que no es unanimidad, ni siquiera acuerdo, sino la firme decisi&#xF3;n de convivir y no solo existir juntos. Nuestra sociedad desde hace siete d&#xE9;cadas evidencia brotes pol&#xED;ticos e ideol&#xF3;gicos de irrespeto, intolerancia, violencia y descalificaciones, con un gran ausente: el di&#xE1;logo. El resultado en todos los casos afecta tambi&#xE9;n cualquier intento de reconciliaci&#xF3;n. Si el di&#xE1;logo nos facilita el consenso, aunque m&#xED;nimo, contribuir&#xE1; eficazmente a respetarnos, con la honesta aspiraci&#xF3;n de contemporizar y no de imponer nuestra hegemon&#xED;a. Recuerdo que en 1987 el papa Juan Pablo II, en la Jornada Mundial de la Paz conden&#xF3;: &#x201C;Las ideolog&#xED;as que predican el odio o la desconfianza, y los sistemas que erigen barreras artificiales&#x201D;. Un ejemplo de privilegiar el respeto y el di&#xE1;logo es el de Nelson Mandela, sudafricano, negro y prisionero pol&#xED;tico en la racista Sud&#xE1;frica que no se dej&#xF3; destruir por la c&#xE1;rcel, cuya celda conoc&#xED; en Robben Island (Ciudad del Cabo). Su testimonio nos dice que para poder generar una reconciliaci&#xF3;n a nivel social, cultural o pol&#xED;tico, es necesario ante todo vivir una conversi&#xF3;n humana, profunda y espiritual. (*) ExJefe del Ej&#xE9;rcito Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas. Ex Embajador en Colombia y Costa Rica. Publicado en Perfil</description></oembed>
