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Y vuelve a palear porque ella no siente alegr&#xED;a alguna, porque en el interior de su rancho, entre cobijas y sobre la mesa de madera, junto al catre donde se apretaron unas pocas veces (ahora le parecen demasiado pocas, insuficientes), bajo una cruz de bronce que le prest&#xF3; el cura y rodeado de una decena de velas ardientes, est&#xE1; el cad&#xE1;ver de Rosauro, con su cara quieta y relajada y sus ojos, que eran negros y bellos, y saltones como los de un yacar&#xE9;, cerrados para siempre. Y vuelve a palear. Para no pensar m&#xE1;s. En la victrola ponen ahora &#x201C;Puente Pexoa&#x201D; y el rasguido doble Ilena la tarde, mientras Juana se arquea otra vez y ya parece que termina el cuadril&#xE1;tero justo antes de encender el carb&#xF3;n que rociar&#xE1; por todo el espacio que prepara, porque ella es devota, se dice, y no es cuesti&#xF3;n de fallarle al santo, y aunque no ir&#xE1; a la fiesta ella cruzar&#xE1; las brasas, como al Rosauro le hubiese gustado, si en cierto modo por eso lo mataron. Bueno, no fue as&#xED; exactamente, pero en cierto modo s&#xED; fue. Porque &#xE9;l quer&#xED;a lucir, esa noche del 24, unas alpargatas nuevas, negras, de lona limpia, que suplantaran a esas bigotudas que ahora sobresalen del borde de la mesa, detenidas para siempre, nunca m&#xE1;s bailadoras, nunca m&#xE1;s andariegas, juguetonas. El quer&#xED;a unas alpargatas nuevas y por eso se conchab&#xF3; en el ingenio, aunque le dijeron que no lo hiciera porque estaban en huelga y no era cuesti&#xF3;n de ser carnero, porque la solidaridad, los ingleses explotadores y todo eso. Pero ella sab&#xED;a que &#xE9;l no tenia ninguna mala intenci&#xF3;n; s&#xF3;lo quer&#xED;a unas alpargatas nuevas y tambi&#xE9;n plata para una tela floreada con la que ella, Juana, se hiciera un vestido para la fiesta de San Juan. Y otra palada, que parece la &#xFA;ltima, acaso lo sea, y volver a erguirse, apoyarse las palmas en las caderas, sobre los ri&#xF1;ones, y mirar el campo: esa planicie empecinada, interminable, reverdecida por las &#xFA;ltimas lluvias, con los ca&#xF1;averales desgast&#xE1;ndose, secos en algunas partes, in&#xFA;tilmente germinados en otras, porque la huelga lleva ya dos meses y la f&#xE1;brica no muele y si hasta parece que el olor a bagazo y a alcohol han desaparecido del aire. Y entonces una &#xFA;ltima palada y a prender el fuego de carb&#xF3;n de le&#xF1;a como ella sabe hacerlo, cre&#xE1;ndole un coraz&#xF3;n de llamitas en el centro, soplando suave pero indetenidamente por los costados, colocada en cuatro patas y apantall&#xE1;ndolo con un pedazo de cart&#xF3;n, para que crezca como un ni&#xF1;o sano, como el que so&#xF1;aron con Rosauro pero ella no tendr&#xE1; porque acaban de llegarle las sangres de ese junio fresco, apenas oto&#xF1;al. Y enciende el carb&#xF3;n de abajito, despacio y bueno, fuerte el fuego, impetuoso, mientras escucha &#x201C;Mi linda paloma blanca&#x201D; y evoca un abrazo, otra bailanta de hace un par de a&#xF1;os, una escapada a la orilla de la laguna, el vigor de Rosauro solt&#xE1;ndole el pelo y alz&#xE1;ndole la pollera, y no puede evitar un estremecimiento, ni el llanto que no reprime, porque despu&#xE9;s de todo, se dice, c&#xF3;mo no llorar si &#xE9;l est&#xE1; muerto, y entonces se enjuga las l&#xE1;grimas en el antebrazo moreno y vuelve a apantallar el fuego, que sube lento, desde el coraz&#xF3;n, como un sentimiento noble. All&#xE1; lejos se oyen los primeros gritos, los saludos y sapukays cuando llegan las carretas y los sulkys, y se maniatan los caballos al palenque, a las ramas bajas de los naranjos; hay un rumor que llena el aire, rumor de voces, de di&#xE1;logos breves, salutaciones y primeros brindis, porque ya cae la noche y las estrellas empiezan a reverberar en el cielo, y ella recuerda la noche de antenoche, cuando Rosauro volvi&#xF3; de la f&#xE1;brica y dijo &#x201C;estoy cansado, molido, y tengo miedo&#x201D;, y ella dijo &#x201C;salite, Rosa, andan diciendo que&#x2019;st&#xE1; mal lo que hac&#xE9;s&#x201D;. &#xC9;l replic&#xF3; &#x201C;s&#xF3;lo sigo hasta el viernes, por la alpargata, &#xBF;sab&#xE9;s?&#x201D;, y se ri&#xF3; al ce&#xF1;irle la cintura y echarse sobre ella, en el catre que pareci&#xF3; cloquear con suave golpeteo contra el piso de tierra. S&#xF3;lo sigo hasta el viernes, recuerda Juana, esa frase la ha repetido ya mil veces y se jura que la repetir&#xE1; siempre, toda la vida si la vida es siempre, s&#xF3;lo sigo hasta el viernes, dijo &#xE9;l, y s&#xED;, el viernes se detuvo, lo detuvieron, no pudo seguir porque se le cruz&#xF3; alguien al salir del ingenio, junto a un muro lateral de la f&#xE1;brica. Dos puntadas recibi&#xF3;, las dos sabias, certeras, una con leve error y la otra m&#xE1;s precisa que le parti&#xF3; el coraz&#xF3;n, as&#xED; dijeron las amigas, Do&#xF1;a Vicenta, Encarnaci&#xF3;n, Martita, la Eduviges, cuando llamaron a la puerta del rancho palmeando muchas veces, le parti&#xF3; el coraz&#xF3;n, repitieron, encim&#xE1;ndose, como rivalizando para ser cada una la primera en dar la infausta nueva, dos puntadas, de cuchillo grueso, as&#xED; de grande, como machete pero corto, le dijeron mientras ella negaba con la cabeza, semiahogada, como estaqueada al piso y sin entender, aunque reconociendo que se cumpl&#xED;an sus presagios. Era viernes de noche y ella hab&#xED;a tenido tanto miedo. Tanto. Lo hab&#xED;a silenciado esa ma&#xF1;ana, cuando Rosauro se fue para el ingenio y salud&#xF3; &#x201C;hoy termino, Juana&#x201D; y pucha si era cierto, ahora que todas medio le gritaban, excitadas como avispero apedreado, y algunas ya ensayaban su funci&#xF3;n de lloradoras y Do&#xF1;a Encarna la rodeaba con sus brazos gordos, anchos como durmientes de ferrocarril y le dec&#xED;a &#x201C;ven&#xED;, mijita, ten&#xE9;s que</description></oembed>
