No se puede hablar de La Nación de “los Saguier” sin describir la influencia inmediata anterior que tuvo José Claudio Escribano. Esta primera nota repara en esa etapa que transcurre cuando el viejo diario papel se mudó en 1980 al edificio de la calle Bouchard, muy cerca del emblemático y porteño Luna Park.
Análisis de @DsDiarios
DsDiarios entrevistó para hacer este Análisis a cinco profesionales de La Nación. Y un periodista que está retirado. Todos aceptaron hablar en “off”.
Esta serie de tres notas que publicaremos, pretende registrar los cambios en el periodismo argentino, y en La Nación en particular. Esas mutaciones que no vas a leer en ningún otro medio.
Para establecer una línea clara y justa, DsDiarios no consultó a ninguno de los secretarios de redacción aquí mencionados. Apeló como fuente al libro “Escribano…” de Caligaris y Ezcurra, cuya lectura recomendamos.
La Nación vaticanal
Escribano fue secretario de redacción entre 1981 y 1997- sucedió a Octavio Hornos Paz – luego de lo cual fue designado subdirector periodístico. Escribano tamizó la redacción con su propio estilo. El clima era extremadamente respetuoso entre los periodistas; una redacción patricia de profesionales vestidos acordes a la tradición, de trato pomposo, el lenguaje indirecto y el diálogo profesional donde los silencios eran clave, sobre todo al dirigirse a sus superiores.
Alguna vez, DsD dijo que la redacción era “vaticanal”. Con la mejor sonrisa y el mejor trato -ante un error profesional – el periodista podía ser enviado a otro rol en la redacción, rodeado de elogios. Al poco tiempo se daba cuenta que estaba frizado. Eso sí: no lo despedían ni le reducían el sueldo. Había código.
Eso ya no existe en La Nación actual.
En esa época, Escribano recorría la redacción. Saludaba a los periodistas en sus escritorios, inclinando apenas su cabeza. Los profesionales miraban a “Don Claudio” o el “doctor” por el rabillo del ojo. Nada de distraerse.
Innumerables anécdotas recuerdan como Escribano les tenía prohibido al personal de Administración y Comercial, pisar la redacción y menos aún dirigirse a sus sacrosantos periodistas. Entre los clientes y sus periodistas había muros invisibles para que los negocios públicos o privados no vulneraran la dignidad de los periodistas y sus crónicas objetivas. Sólo Escribano, o a través de él, los accionistas de la empresa, podían realizar sugerencias a los hombres y mujeres “de la prensa libre”.
En 1997, la secretaria de redacción quedó vacante, porque Escribano pasó a ser subdirector. Según Escribano, así le abrió paso al joven Fernán Saguier para que en algún momento fuera el director periodístico. Eso finalmente ocurrió en 2020: veintitrés años después.
En ese tránsito, el periodista Germán Sopeña, prosecretario de redacción, se hizo cargo del día a día, entre 1999 y 2001. Esos tiempos aún son recordados como la primera etapa disruptiva en la redacción.
Los cambios fueron innumerables: el ingreso de Ana D’Onofrio (venia de la revista Gente, un horror para la tradición lanacionista de entonces) o jóvenes periodistas como Luis Cortina, María O´Donnell, Graciela Mochkofsky entre otros, que llegaban desde la “izquierdista” Página/12.
Así fue como en aquellas reuniones “de blanco” se cruzaban los estilos de la época: Escribano; con un gentleman Sopeña; con el joven Fernán Saguier que pedía permiso a Escribano para hacer sugerencias y una cantera con varios “nic” como Claudio Jackelin, o cuadros del Opus Dei, Reymundo Roberts o Mariano de Vedia junto a los recién llegados “sopeñistas”. Además de la “vieja guardia” de editores de Escribano que ya pintaban canas. Fue la última época dorada y analógica.
Algunas de las altas y la bajas también se cocinaban en el estudio de Alberto Lederman, experto contratado para seleccionar talentos y potenciar la empresa y la redacción. Fernán Saguier recaló como subdirector adjunto de Escribano cuando Héctor D´Amico, asumió como secretario de redacción entre el 2001 y 2014. El experimentado D’Amico tuvo que reemplazar a Sopeña, fallecido en un accidente aéreo en 2001. Pero los cambios siguieron: Jorge Fernandez Díaz, Pablo Sirven recuerdan cuanto tiempo dedicaron a para adecuarse al “código” La Nación (1).
Escribano hacía de las suyas: caminaba entre los escritorios, y se detenía ante algún “recién llegado” (sin importarle cuál había sido su trayectoria) y le preguntaba por su apellido. “¿Así se llama? lo espetaba, y al recibir la confirmación de la identidad le volvía a preguntar “¿Así como suena? Cómo suena!!” exclamaba Escribano y sin esperar respuesta seguía su rodeo por la redacción. Marcaba el terreno.
“Así aprendí que cuando en La Nación hablaban de ‘él general’ no se referían a Perón sino a Mitre”, rememora Sirven (1).
No todos en esa redacción reconocen ahora que estaban conscientes del “final de época” que se vivía. No sólo porque había cambiado mucho la redacción, sino que la caída de la venta del diario papel, jaqueó al modelo de negocios en el Mundo.
El viejo diario conservador de Escribano, la cultura mitrista, se desmoronaba. Y esa redacción sólo consideraba que se vivía un momento muy “creativo” o innovador. Algunos los adjudicaban al control progresivo de la redacción por parte de los Saguier.
Finalmente en 2006, Escribano dejó la redacción y se trasladó un piso más arriba. Si bien cumplió en “no pisar” la redacción nunca más, durante muchos años fue crítico del nuevo modelo que ya estaba en marcha, antes incluso que él se retirara. Lo denominaba como “los consultores” que “vendían humo”. “Hay que hacer los cambios en la redacción típicos de cada época” decía cada tanto, para que no lo consideraran un negado. Y con Escribano fuera de la conducción, La Nación de los Saguier viviría una nueva etapa, La Innovación.
- Del libro “Escribano 60 años de periodismo y poder en La Nación”. De Hugo Caligaris y Encarnación Ezcurra. Espejo de la Argentina. Planeta. Año 2021. (La Nación Innova, segunda de tres notas. Se publicará el 21 de agosto próximo)




