Miles de devotos se dieron cita para venerar al santo popular. Una interminable fila de fieles se acercó hasta su santuario para agradecer o pedirle un favor, como así también cumplir una promesa. La triste noticia fue el deceso de una persona oriunda de Buenos Aires.
El sol apenas asoma sobre el horizonte correntino, pero en el kilómetro 232 de la Ruta Nacional 123, el día comenzó hace horas. No hay silencio en el lugar hay un murmullo constante de rezos, chamamé y el crujir de las brasas. Es 8 de enero y Mercedes dejó de ser una ciudad para convertirse en el epicentro de una devoción que no entiende de razones, solo de promesas.
Desde el aire, el predio del Gauchito Gil se asemejaba a una herida abierta en el campo, un mar de banderas, cintas y velas de un rojo intenso flameaban bajo el calor agobiante del verano correntino. El aire estaba denso. La fila para tocar la imagen del santo popular era interminable, cual serpiente humana que se pierde de vista.
Hombres con el sombrero en el pecho, mujeres con niños en brazos y ancianos que caminaban con la lentitud de quien lleva una vida de agradecimientos a cuestas. “Vengo desde Salta”, dijo Juan, un camionero que apenas podía hablar por la emoción. “Él me sacó de la mala y mientras tenga piernas acá me va a ver cada enero”, aseveró entre los miles de fieles que se dieron cita para agradecer o pedir un favor.
A media mañana, el sonido de los motores era desplazado por el galope de los caballos. Cientos de jinetes, ataviados con sus mejores prendas de gala, rastras de plata, facones al cinto y pañuelos rojos al cuello, cruzaron la ciudad desde la Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes. Era la tradicional procesión que traslada la Cruz del Gauchito.
Era un momento de respeto absoluto. El pueblo se asomó a las veredas, se persignaba y lanzaba flores a su paso. No es solo religión; es identidad de un pueblo que atraviesa todo el país para honrarlo. Es la reivindicación de Antonio Plutarco Cruz Gil, el gaucho desertor que prefirió la muerte antes que derramar sangre de hermanos en guerras civiles.
Bajo las carpas improvisadas y a la sombra de los espinillos, la fiesta se vivía con la intensidad de un ritual pagano y sagrado a la vez. No faltó el acordeón ni la guitarra. El chamamé “maceta” también sonó en cada rincón y las parejas bailaban levantado polvareda ajenas a los 40 grados.
La dinámica fue clara, primero se pedía o se agradecía frente a la cruz, y luego se celebraba la vida. En los puestos de feria vendían de todo, desde estatuillas de yeso hasta cintas rojas para recordar su paso por el lugar o para colocarlas en sus vehículos. Cada peregrino tiene un milagro que contar, una enfermedad que se fue, un trabajo que apareció o un hijo que se recuperó. “El Gauchito te cumple, pero vos también tenés que hacerlo”, dijo otro de los miles de devotos.
Al caer la tarde, el cielo de Mercedes parecía imitar el color de las banderas. Las velas, miles de ellas, comenzaron a brillar con más fuerza en la oscuridad, creando un manto de luz que envolvió el santuario.
A medida que los micros y autos emprendían el regreso, dejando tras de sí una estela de polvo, el sentimiento era de alivio. La promesa fue cumplida un año más. Mercedes volvía lentamente a su ritmo cansino, pero en el aire quedó flotando esa mística indomable del que sabe que en este rincón del mundo la fe no se explica, se siente en el pecho, roja y vibrante como la sangre de aquel gaucho que se volvió leyenda.
Diario Época




