Presidencia Roque Sáenz Peña vivió este viernes una noche de contrastes que duele. Mientras miles de vecinos caminaban en silencio, iluminados por velas y movidos por la fe del Vía Crucis, a pocas cuadras el rugido de los motores y el estallido de la violencia marcaban una realidad paralela.
Por Dante E. Gómez*
Un inspector municipal con traumatismo de cráneo es el saldo de una noche donde el desprecio por la ley le ganó, una vez más, al respeto por la vida.
El desafío como identidad
Lo ocurrido con los denominados “wileros” no es un hecho aislado de tránsito; es un síntoma social. El desafío sistemático a la autoridad —que esta vez pasó de la maniobra peligrosa a la agresión física directa— revela una desconexión profunda de un sector de nuestra juventud con las normas más básicas de convivencia. ¿Cuándo el riesgo de morir bajo las ruedas o de terminar en una celda se volvió más atractivo que el respeto por el prójimo?
Pareciera que, para estos jóvenes, la adrenalina de la transgresión es el único motor. Hay un desapego alarmante por la propia integridad física y una inconciencia absoluta sobre el valor de la vida ajena. El inspector herido no es solo un “uniforme”, es un vecino, un padre de familia, un trabajador que salió de su casa y terminó en una guardia médica por intentar poner orden en el caos.
El rol de los padres: ¿Dónde está la llave?
Es imposible analizar este fenómeno sin mirar hacia adentro de los hogares. Cada moto modificada, cada joven circulando a altas horas de la madrugada en actitud desafiante, tiene un trasfondo familiar.
¿Quién compró esa moto?
¿Quién permitió que se le quitara el silenciador para que el ruido sea un arma de molestia vecinal?
¿Dónde están los límites antes de que la tragedia sea irreversible?
La responsabilidad de los padres no termina con proveer un vehículo; comienza con la educación en la responsabilidad. La libertad sin conciencia no es libertad, es peligro.
Una Semana Santa para despertar
Esta Semana Santa nos invita a la reflexión, seamos creyentes o no. El sacrificio y el valor de la vida son ejes centrales de estos días. Sin embargo, la realidad local nos pone frente a un espejo incómodo: una sociedad que parece fragmentarse entre quienes buscan la paz y quienes encuentran su identidad en la violencia y el caos vial.
No podemos acostumbrarnos a que un operativo de seguridad termine en una batalla campal. No podemos normalizar que el espacio público sea tierra de nadie. Es momento de que, como comunidad, despertemos. Las autoridades deben actuar, sí, pero la solución definitiva no está solo en un acta de infracción o en un secuestro de moto; está en la mesa de cada casa, en el diálogo entre padres e hijos, y en la recuperación de un valor que parece haberse perdido en el asfalto: la empatía.
Sáenz Peña merece noches de silencio y paz, no de sirenas y violencia. Que el dolor del agente herido no sea en vano y nos sirva para entender que, sin respeto, no hay ciudad posible.
(*) Director La Red Multimedios




