Por el Ing. José Sesma
Un Corredor Bioceánico en el Trópico de Capricornio, capaz de atravesar selvas, llanuras y cordilleras, está destinado a reescribir los mapas mentales del comercio interamericano.
Con estos corredores hay una apuesta geopolítica, una estrategia de desarrollo regional y, sobre todo, una nueva forma de relacionarse con las potencias asiáticas. A diferencia de épocas en las que la infraestructura llegaba condicionada por exigencias políticas y ajustes draconianos, países como China, Corea, India y Japón llegan con la premisa de ganar-ganar y con el financiamiento disponible.
No se trata de caer en triunfalismos ni de negar los retos ambientales, sociales y regulatorios que toda Megaobra implica. Sin embargo, sería injusto cancelar la conversación con etiquetas de “neocolonialismo” cuando, en los hechos, la presencia de capital asiático está devolviendo ambición industrial a gobiernos que durante décadas asumieron resignadamente una posición periférica.
Los Corredores Bioceánicos en el Trópico de Capricornio son, ante todo, un espejo: muestran cuánta integración es posible si se dispone de financiación, tecnología y visión de largo plazo. Bien podrían considerarse el “Panamá terrestre” del siglo XXI.
Estos corredores duales Bioceánico en el Trópico de Capricornio aspiran a mover, en línea casi recta, materia prima y productos con valor agregado desde el este del Cono Sur hasta el Pacífico, evitando el desvío por el Canal de Panamá o el Estrecho de Magallanes. Las estimaciones más conservadoras hablan de un ahorro de 10.000 km por viaje y hasta 4 semanas de navegación entre Santos o Porto Alegre y Shanghái, reduciendo hasta un 45% los costos logísticos, según técnicos del Ministerio de Planificación brasileño.
A la hora de comparar impactos históricos, el proyecto evoca el Canal de Panamá de 1914, la obra que inauguró el siglo estadounidense, solo que ahora la batuta la empuña Beijing. Asia financia; Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay aportan volumen de carga; Chile y Perú ofrecen la salida al Pacífico. El resultado: la primera infraestructura que integre físicamente dos océanos sin pasar por territorio controlado por Estados Unidos.
La visión es sencilla: enlazar carreteras, hidrovías y redes ferroviarias ya existentes en Argentina, Chile, Brasil, Perú y Uruguay, sumando nuevos tramos fronterizos, escalar la cordillera y desembocar en puertos de aguas profundas como el de Chancay (Perú) o el futuro mega puerto de Corío en Arequipa.
Latinoamérica ha sido la región menos integrada comercialmente del planeta. Cuando la carga fluye, la industria y el empleo la siguen. El Corredor Dual Bioceánico es la bisagra capaz de transformar la contigüidad geográfica en conectividad económica. Los países asiáticos se presentan como socios de desarrollo, no solo como acreedores.
Cada proyecto desarrollado en “La Integración de América”, ataca un cuello de botella distinto: energía, transporte o ciencia. China, en particular, acepta plazos largos y tasas concesionales, algo que la región debería valorar, sobre todo frente a la volatilidad del capital occidental. Además, la mitad de los fondos de la Franja y la Ruta en América Latina se destinan a proyectos verdes y azules, con GNC y GNL y con parques eólicos y solares.
En lo ambiental, el compromiso es clave: cada tonelada que pase del camión al tren reducirá un 85% de las emisiones de CO₂ del transporte, cumpliendo estándares europeos de deforestación cero antes de que entren en vigor.
Hacia una integración soberana
La verdadera promesa del Corredor Dual Bioceánico debe asumirse como una política de Estado por parte de los países que lo atraviesan. Significa unir naciones que históricamente se dieron la espalda. Desde la Guerra del Pacífico hasta el ZICOSUR inconcluso, la fragmentación continental ha sido un freno crónico.
Un Corredor Bioceánico que atraviesa aduanas obliga a armonizar normas, simplificar trámites y pensar en la región como un mercado común. Los países asiáticos, lejos de dividir, pueden actuar como catalizadores. El financiamiento externo neutraliza recelos internos y hace posible lo que, por falta de confianza mutua, quedaría archivado en un cajón tecnocrático.
Latinoamérica no debe elegir bandos, sino sumar carreteras, hidrovías y redes ferroviarias con la mayor pluralidad de financiadores. La competencia puede transformarse en beneficio si se administra con licitaciones transparentes, cláusulas de transferencia tecnológica y normas ambientales estrictas. Pero el momento importa: mientras Occidente debate, Asia construye.
El continente no puede esperar a que el Congreso de EE. UU. libere fondos ni a que Bruselas resuelva su pacto de estabilidad. Diversificar socios y rutas no es ideología, es pragmatismo. No se trata de capitalismo o comunismo, ni de derechas o izquierdas: someter el proyecto a una visión ideológica solo conducirá al fracaso.
Si algo enseña la experiencia asiática es que la infraestructura precede al desarrollo: las fábricas llegan donde hay puertos, trenes y carreteras; la innovación florece donde estas redes existen y se modernizan. Con los Corredores Ferroviarios Bioceánicos en el Trópico de Capricornio, América Latina puede dar un salto decisivo. China no regala prosperidad, pero ofrece la plataforma para alcanzarla. El reto es nuestro: convertir estos corredores en catalizadores de cadenas productivas, garantizar regulaciones ambientales estrictas y exigir participación local en la toma de decisiones.
Contar con hidrovías navegables, carreteras y líneas ferroviarias modernas es esencial. Cada río navegable todo el año – gracias a embalses compensadores establecidos en tratados internacionales – prolonga la vida útil de las centrales hidroeléctricas y conecta comunidades hoy olvidadas con mercados globales. Una traviesa colocada no solo une dos puntos geográficos: enlaza agendas climáticas, reactiva economías y teje un futuro común.
Y quizá, cuando el convoy inaugural cruce los Andes, quede claro que el futuro latinoamericano no lo marca la distancia con Washington, sino la capacidad de tender puentes – o, en este caso, Corredores Duales – hacia todas las orillas del planeta. Porque ningún país crece solo, y los corredores bioceánicos que hoy se alinean entre Brasil, Bolivia, Argentina, Paraguay, Chile, Perú y Uruguay podrían anunciar, finalmente, el inicio de “La Integración de América”.




