Provistas de altas dosis de cafeína, las latas multicolores son tomadas por adolescentes, deportistas, pero también por repartidores, administrativos y demás trabajadores durante sus jornadas. ¿Rendir más es vivir mejor?
Las bebidas energéticas están de moda desde hace años. A medio camino entre las gaseosas y los jugos, se ubican como los productos estrella que más crecieron en el último tiempo, aunque sus efectos adversos en la salud habitualmente no son tenidos en cuenta. Las personas las toman como una manera de prolongar el rendimiento, de estirar las energías disponibles en el día y realizar más tareas de lo posible. Más allá de cómo actúan en el organismo, constituyen un signo de época: una sociedad del rendimiento, como postula el filósofo coreano Byung Chul Han, no puede darse el lujo de frenar la inercia productiva en ningún momento.
Si bien al principio eran tomadas por varones jóvenes, luego ese consumo se extendió hacia otros grupos de la sociedad. Tomar bebidas energizantes conlleva problemas que, sin embargo, no se exhiben en la superficie. Componen un cóctel explosivo de cafeína y azúcares, que combina dosis variables de guaraná, ginseng, vitaminas y taurina. Según el Hospital Italiano, una lata equivale a tomarse tres o cuatro cafés. De un saque, sin pensarlo; porque, en esta época, no queda tiempo para pensar.
De acuerdo a la Cámara de Fabricantes de Alimentos Dietéticos y Afines, en el periodo 2024-2025, las bebidas energizantes generaron entre 503 y 516 millones de dólares en Argentina. En síntesis, el país consumió 125 millones de latas al año, un promedio de 2,3 litros per cápita. Según estimaciones, esos números podrían crecer un 10 por ciento en los próximos años si mejora la realidad económica y aumenta el poder de venta. En enero de 2026, la Organización Mundial de la Salud solicitó a los gobiernos incrementar “sustancialmente” los impuestos, ya que la “laxitud de los sistemas tributarios” está permitiendo que “estos productos nocivos sigan siendo baratos”.
A pesar de que existen muchísimos sabores y de que a mucha gente le parecen bebidas ricas, lo cierto es que, al menos en primera instancia, no se beben como un acto de disfrute. Por el contrario, suelen consumirse durante la jornada laboral.
La escena es repetida: albañiles, repartidores y cualquier clase de trabajo que implique largos ratos frente a una computadora constituyen postales corrientes que incorporan a las bebidas energizantes. Energizan, precisamente, porque poseen un alto contenido de cafeína que actúa en el cuerpo estimulando el sistema nervioso central para bloquear el cansancio, al menos por un tiempo.
Ludmila Fernández López, comunicadora social de la Universidad Nacional de Quilmes y magíster en Estudios de Género, Identidades y Ciudadanía por la Universidad de Cádiz, apunta: “Lo interesante es ver cómo se insertan esas tendencias en un país que está en decadencia, con una sociedad que se encuentra tremendamente precarizada. Quizás en los países más desarrollados los pibes tomen bebidas energizantes para rendir sus exámenes, ¿acá las tomarán para trabajar 16 horas en vez de 8? ¿Las consumen para trabajar más y llegar a fin de mes?”.
Y continúa: “Al mismo tiempo, se destruyeron los tiempos de ocio: todo es ‘ser vago’, todo es ‘agarrá la pala’. El mandato de productividad implica que el mercado te vende cualquier cosa con el objetivo de rendir más”.
Sin embargo, el consumo de estos productos se volvió tan popular que ya no distingue entre sectores populares y favorecidos. Incluso, el propio presidente Javier Milei consumía latas de energizante sabor “mango loco” en plena campaña. Esa energía que tanta promoción recibe del marketing, también puede encontrar su reverso en síntomas como taquicardia, hipertensión, ansiedad, irritabilidad y, eventualmente, fallas cardíacas.
Pócima mágica para no parar
En la película Space Jam (1996) se ve cómo los jugadores del equipo más débil comandado por Bugs Bunny toman agua pensando que es un brebaje mágico que les dará energía para competir contra los Monstars, un equipo mejor y más fuerte. Como si fuera una pócima que despierta los sentidos, que revitaliza, que endurece las ganas y los mantiene despiertos. Un engaño motivacional que, al mismo tiempo, estimula la confianza de los personajes de Warner Bros. que terminan ganando su partido con la ayuda de Michael Jordan.
Aunque los primeros antecedentes se ubican a principios del siglo XX, la mayoría de los relatos de origen vinculan la emergencia de las bebidas energéticas con Tailandia. A mediados de los 70, el dueño de una empresa farmacéutica de Bangkok creó una bebida energética con el objetivo de mantener despiertos a trabajadores que se desempeñaban como camioneros, peones rurales y obreros de fábricas. Y se comercializó como Krating Daeng, que significa ni más ni menos que “Toro Rojo” en tailandés… El resto, como se puede aventurar, es historia.
Con el tiempo, el marketing empujó a diversificar la oferta de sabores, colores y nombres atractivos. Así, si bien en un comienzo fueron dirigidas a deportistas, al notar el éxito entre los hombres jóvenes, el rango de públicos se amplió. Pronto, las bebidas energizantes se transformaron en sinónimo de virilidad: más energía y más fuerza equivalen a menos descanso. En el último tiempo, con una propuesta visual menos agresiva, también se intentó conquistar a las mujeres. Pociones mágicas que brindan la ilusión a los humanos de que podrán llegar a donde se lo propongan.
El médico cardiólogo Adrián Baranchuk comenta: “Es un tema caliente porque hay una industria muy fuerte detrás. Cuando las bebidas energizantes poseen sustancias nocivas para la salud, no habría que dar ninguna discusión. Pueden ser ricas en electrolitos, magnesio y potasio, pero no vienen con advertencias, por ejemplo, para pacientes con insuficiencia renal que podrían tener un problema al tomarlas”. Y agrega: “Esto lleva a pensar en la cantidad de sustancias a las que estamos expuestos y que, por lo general, tampoco vienen con ningún tipo de información de advertencia”.
Un peligro al alcance de la mano
Un estudio publicado en la revista Sports Health en 2020 reporta la evidencia colectada en 32 estudios clínicos que relevaban los efectos adversos del consumo de bebidas energéticas en un total de 96 mil personas. Mientras que en población pediátrica, los efectos adversos que emergían con mayor frecuencia fueron insomnio (35.,4 por ciento), estrés (35.,4 por ciento) y estado de ánimo depresivo (23,1 por ciento); en los adultos fueron insomnio (24,7 por ciento), nerviosismo/inquietud/temblores en las manos (29,8 por ciento) y malestar gastrointestinal (21,6 por ciento). De aquí que la recomendación de los autores sea evitar su consumo frecuente (equivalente a cinco o siete bebidas a la semana) y, más aún, su combinación con alcohol. Frente a la evidencia científica, seis de cada diez países han establecido regulaciones vinculadas a la publicidad y a prohibir la venta a menores.
Baranchuk destaca: “Por un lado, las bebidas energizantes son de alta provisión calórica, ya que en un solo producto podés llegar a consumir entre 400 y 500 calorías, el equivalente a un almuerzo mediterráneo. Además, podés ser diabético y tomás una de estas bebidas porque estás haciendo deporte y querés mejorar tu condición, sin saber que asumís un alto riesgo. Están compuestas por sustancias altamente taquicardizantes, que producen vasoconstricción, que puede llevar a la elevación de la presión arterial”.
Mariangeles Espiño, especialista en Nutrición y Diabetes y jefa del Servicio de Nutrición del Sanatorio Trinidad Quilmes, dice: “Lo peligroso de estas bebidas es la forma en la que se comercializan. Las conseguimos en los supermercados, en los quioscos abiertos a toda hora y, al menos en Argentina, no hay muchas restricciones al respecto”. Y sigue: “Ello constituye un problema porque tienen cafeína, que es un estimulante. Puede ser prescripta de manera individual, por ejemplo, para un deportista; pero no estar a libre demanda, apto para cualquiera, en cualquier momento”.
El presente indica que las bebidas son consumidas por adolescentes y jóvenes, adultos y personas de edad avanzada. Espiño completa: “Uno termina estando más despierto, pero no presta atención a los componentes, a la cantidad de azúcar, de calorías y cafeína que aporta. Por lo tanto, condiciones como la diabetes, la obesidad, la hipertensión y la enfermedad renal son patologías que podrían estar en jaque frente al consumo de este tipo de bebidas”.
Pero el consumo de estos productos se dispara, porque lo importante en esta era, antes que estar vivos, es estar despiertos.
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