¿Está la ganadería argentina en condiciones de abastecer simultáneamente al mercado externo y garantizar el consumo interno? ¿A qué precio pagará el kilo de carne el consumidor argentino?
Por el Ing. José Sesma
¿A quién no le gusta la carne vacuna, un buen asado?
La pregunta parece casi tonta. Sin embargo, en la Argentina actual, empieza a adquirir un significado inquietante.
En lo personal, hace tiempo dejé de consumir carne. No por elección, sino por una cuestión de “salud”: la del bolsillo, que ya no permite darse ese lujo. Porque hoy, en la Argentina, consumir carne vacuna se ha transformado en un privilegio. El problema que atraviesa la mayoría de los argentinos es simple y brutal: no se llega a fin de mes. Para muchos hogares, vivir se ha convertido en una misión imposible.
En este contexto, quienes aún pueden comprar carne – y en particular asado – forman parte de un grupo cada vez más reducido. Incluso para ellos cabe una advertencia preventiva: comprar ahora y conservar (frizar), no solo ante la posibilidad de nuevos aumentos de precios, sino frente a un riesgo mayor, menos visible pero real: *la eventual escasez o desabastecimiento en el mercado interno.
Este escenario no surge de manera aislada. Se inscribe en decisiones estructurales recientes, entre ellas el Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproca entre la Argentina y los Estados Unidos, firmado en febrero de 2026. Dicho acuerdo habilita la quintuplicación del cupo de exportación de carne vacuna, que pasa de 20.000 a 100.000 toneladas anuales, con aranceles preferenciales —incluso nulos—, a partir del presente año.
Desde una mirada macroeconómica, esta ampliación puede interpretarse como una oportunidad para incrementar el ingreso de divisas. No obstante, desde una perspectiva productiva, social y federal, surge un interrogante central: ¿está la ganadería argentina en condiciones de abastecer simultáneamente al mercado externo y garantizar el consumo interno?
La ganadería bovina no responde a estímulos inmediatos. El incremento del stock ganadero requiere tiempo, inversión y previsibilidad. El aumento del número de vientres, la mejora de los índices reproductivos y el ciclo completo de cría, recría y engorde no pueden acelerarse artificialmente. En consecuencia, una expansión significativa de las exportaciones, sin un plan integral de fortalecimiento productivo, puede generar tensiones en la oferta destinada al mercado interno.
Estas tensiones suelen trasladarse de forma directa a los precios, profundizando la caída del consumo per cápita de carne vacuna, que ya se encuentra en niveles históricamente bajos. En regiones como el NEA, donde los ingresos promedio son inferiores a los de los grandes centros urbanos, el impacto es aún mayor, consolidando una brecha alimentaria creciente.
El debate de fondo no es exportar o no exportar. El verdadero desafío consiste en definir una política ganadera equilibrada, que permita generar divisas sin desatender el abastecimiento interno ni expulsar del consumo a millones de argentinos. Sin planificación, sin incentivos claros a la expansión productiva y sin una estrategia de largo plazo, el aumento de los cupos de exportación corre el riesgo de beneficiar al mercado externo mientras traslada los costos al consumidor local.
La carne vacuna no es solo un producto de exportación: es parte de la historia, la cultura y la alimentación básica de la Argentina. Convertirla en un bien inaccesible para su propia población no puede considerarse un daño colateral inevitable, sino una señal de alerta que merece un debate serio, técnico y verdaderamente federal.




