Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina, analizó la creciente agresividad del presidente contra los periodistas y advirtió sobre un impacto negativo en la libertad de prensa.
Desde su regreso al centro de la escena pública después de casi un mes de cierto ostracismo en la Quinta de Olivos, el presidente Javier Milei volvió al ruedo con una amplia y agresiva cruzada contra el periodismo y en particular con algunos periodistas a los que ha directamente insultado o ha calificado como “mentirosos”, “desinformadores” o incluso “golpistas”.
Por su parte, el mandatario sostiene que no se trata de agresiones gratuitas, sino de respuestas a los permanentes ataques por parte de la prensa a su gestión, a su Gobierno o incluso a su propia persona.
Una vez más, la libertad de expresión y de prensa vuelven a ponerse sobre la mesa y se someten a debate. En ese marco, la Agencia Noticias Argentinas dialogó con Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina, ONG global que tiene a estas problemáticas entre sus principales objetos de estudio y de acción.
Según su mirada, el presidente Javier Milei está ejerciendo ataques “sistemáticos” al periodismo y, a través de ellos, a toda la sociedad, al limitar el acceso a la información, considerado un derecho humano. Lo explica en esta entrevista exclusiva.
¿Qué evaluación hacen del estado de la libertad de prensa en Argentina bajo la gestión de Javier Milei?
-Es realmente muy complejo de analizar, pero creo que lo central que podemos decir es que los insultos de Milei no son exabruptos aislados ni algo que se reduzca a “un estilo”, porque se suele decir “bueno, es el estilo del presidente…”. Nos parece que es un patrón sostenido, que está documentado -al menos por nuestra organización-, con componentes que van desde un insulto sistemático a restricciones puntuales e institucionales de acceso a la información. Y eso sí es un problema de derechos humanos, más allá de las antipatías personales que el presidente pueda tener para con determinados periodistas.
¿En qué se basa para sostener que “no es una cuestión de estilo”?
-Porque la libertad de prensa no es una cuestión de modales, sino una condición de la democracia. Y, si el periodismo no puede preguntar o investigar sin miedo en una democracia, el resto de la sociedad pierde la posibilidad de acceder a la información, lo cual es importante para que la sociedad pueda tomar decisiones.
Cuando el presidente insulta o descalifica de manera sistemática a la prensa, lo está haciendo el jefe de Estado, no Milei el economista que iba a la tele. Y, al ser el jefe de Estado, tiene una gran caja de resonancia y tiene un efecto no solo sobre el periodista insultado; es peor. Es un mensaje que va hacia toda la profesión periodística, y se genera esta idea de que “preguntar tiene costo”, de que “mejor no preguntes”.
Esto es lo que en los estándares internacionales de libertad de expresión se conoce como “discurso estigmatizante desde el poder”. Y puedo decir con una base sólida que la propia FOPEA usa esta categoría para catalogar varios de estos episodios.
¿Tienen cuantificados estos episodios, para medir qué tan sistemáticos o recurrentes son?
-No hay una sola cifra oficial sobre cuántas veces agredió, porque eso depende mucho de quién mida y qué metodología utilice. Pero, por ejemplo, Chequeado contabilizó más de 1.000 descalificaciones y ataques en discursos, entrevistas y redes sociales durante sus primeros 14 meses de gestión.
El Observatorio de la Palabra Democrática registró 216 agresiones en 2025. Y el diario La Nación también había recopilado unos 300 mensajes con insultos, acusaciones, etcétera, en lo que va de 2026. Son mediciones diferentes, de momentos diferentes, pero todas apuntan a una misma dirección, y lo que muestran es que no es un hecho aislado, sino que es algo permanente y sostenido en el tiempo, y no solo en Twitter.
¿Qué evaluación hacen del estado de la libertad de prensa en Argentina bajo la gestión de Javier Milei?
-Es realmente muy complejo de analizar, pero creo que lo central que podemos decir es que los insultos de Milei no son exabruptos aislados ni algo que se reduzca a “un estilo”, porque se suele decir “bueno, es el estilo del presidente…”. Nos parece que es un patrón sostenido, que está documentado -al menos por nuestra organización-, con componentes que van desde un insulto sistemático a restricciones puntuales e institucionales de acceso a la información. Y eso sí es un problema de derechos humanos, más allá de las antipatías personales que el presidente pueda tener para con determinados periodistas.
¿En qué se basa para sostener que “no es una cuestión de estilo”?
-Porque la libertad de prensa no es una cuestión de modales, sino una condición de la democracia. Y, si el periodismo no puede preguntar o investigar sin miedo en una democracia, el resto de la sociedad pierde la posibilidad de acceder a la información, lo cual es importante para que la sociedad pueda tomar decisiones.
Cuando el presidente insulta o descalifica de manera sistemática a la prensa, lo está haciendo el jefe de Estado, no Milei el economista que iba a la tele. Y, al ser el jefe de Estado, tiene una gran caja de resonancia y tiene un efecto no solo sobre el periodista insultado; es peor. Es un mensaje que va hacia toda la profesión periodística, y se genera esta idea de que “preguntar tiene costo”, de que “mejor no preguntes”.
Esto es lo que en los estándares internacionales de libertad de expresión se conoce como “discurso estigmatizante desde el poder”. Y puedo decir con una base sólida que la propia FOPEA usa esta categoría para catalogar varios de estos episodios.
¿Tienen cuantificados estos episodios, para medir qué tan sistemáticos o recurrentes son?
-No hay una sola cifra oficial sobre cuántas veces agredió, porque eso depende mucho de quién mida y qué metodología utilice. Pero, por ejemplo, Chequeado contabilizó más de 1.000 descalificaciones y ataques en discursos, entrevistas y redes sociales durante sus primeros 14 meses de gestión.
El Observatorio de la Palabra Democrática registró 216 agresiones en 2025. Y el diario La Nación también había recopilado unos 300 mensajes con insultos, acusaciones, etcétera, en lo que va de 2026. Son mediciones diferentes, de momentos diferentes, pero todas apuntan a una misma dirección, y lo que muestran es que no es un hecho aislado, sino que es algo permanente y sostenido en el tiempo, y no solo en Twitter.
En los ránkings internacionales de libertad de expresión y de prensa, se vio una caída por parte de la Argentina. ¿Cómo ven al país ustedes en la comparación internacional y, por ejemplo, con la región?
-Sí, cayó, pero comparado con la región, nuestra situación es muy diferente. Lo que pasa en la región, de Bolivia para arriba, es que matan periodistas todos los días. Un caso particular en ese sentido es el de México. Nosotros no tenemos ese escenario, no tenemos ni siquiera un caso. Por eso siempre en ese ránking estamos mucho mejor.
Lo que sí hay, porque lo hicimos nosotros, es presentar un informe ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), ante el Relator de la Libertad de Expresión, respecto a la situación de violencia y de violaciones a los derechos. Y esto no era algo que pasara históricamente. El año pasado fueron periodistas con FOPEA y nosotros a denunciar esta situación. No era algo común que hubiera una audiencia común en la CIDH por la situación de los periodistas en Argentina.
¿Los periodistas no son a veces muy agresivos respecto al presidente Milei? El propio mandatario se defiende diciendo que lo atacan personalmente y buscan desestabilizar su gobierno.
-Y también dice que son operadores y que desinforman. Nosotros creemos que la respuesta legítima a una nota que se considera “errónea” o que “desinforma” es la rectificación, o la desmentida con datos, o la vía judicial si es que hay difamación. De hecho, eso existe. No me parece una respuesta proporcional afirmar que “como los periodistas desinforman o son violentos, yo, que soy la persona con más poder en el país, los voy a insultar o agredir para responderles”.
Es desproporcionado y desmedido. Si vos le hiciste una denuncia a un periodista como Pagni, y la propia Justicia demostró que no había un delito, me parece que eso también es un dato relevante para evaluar la proporcionalidad oficial. Además, actuó contra Pagni, que es un periodista súper respetuoso, que no agrede, y no es uno de los periodistas con los que más se haya enfrentado, como es el caso de Lijalad, Ernesto Tenembaum o María O’Donnell.
Algunos de los periodistas que nombra y otros más han puesto en tela de juicio la salud mental del presidente, han sugerido que mantenía relaciones con su hermana o que hablaba con sus perros muertos. ¿Eso no es una forma de violencia?
-Sí, tenés razón. Pero igual hay que señalar que existen innumerables fallos a nivel internacional, por ejemplo, en EEUU, que dicen que si vos sos presidente, que es un rol público, estás sometido a un escrutinio mayor y permanente, y a una crítica mayor a la de cualquiera de nosotros. Es inherente al rol que estás desempeñando, a su importancia y a su valor. Eso genera una exposición que hace que se hable mucho más de vos.
La salud mental de un presidente es sumamente importante, y que la gente hable de su psicología también es parte de ejercer un rol presidencial. Si no querías que eso pasara, no deberías haber querido ser presidente. Salvando las enormes diferencias, yo, como directora de Amnistía, estoy expuesta a un montón de críticas, mucho más que cualquiera de mis empleados. Muchas veces nos tratan de “zurdos”, de “woke” y nos dicen “ingleses, go home”. Me han dicho de todo, pero es parte de las reglas de juego. Un presidente no está en el mismo lugar que un periodista, y no tiene el mismo nivel de exposición y escrutinio.
Aunque usted asegura que lo de Milei “no es un estilo”, sí existe lo que podría llamarse el “estilo Trump”. Es una marca a nivel global. Milei es más genuino, pero otros imitan ese “estilo Trump” porque evidentemente les funciona políticamente.
-Yo creo que Milei es auténtico, y esa es una gran virtud. Es muy genuino, evidentemente es alguien “puteador” en su vida, y eso les gusta mucho a sus seguidores más fieles. Por ahí su genuidad es esta: putear, putear y putear. Y tuvo mucho éxito haciendo eso, porque llegó a la Presidencia. Hoy, según la mayoría de las encuestas la mitad de la sociedad votaría Milei. A la gente le gusta. Muchas veces la genuidad va atada a lo honesto. Y lo honesto va atado a un “te creo”.
También pasó que veníamos de gobierno muy complejos, de un país muy complejo, de una situación muy compleja. Y prosperó la idea de un outiser, de un presidente nuevo, que no viniera de la política. Y había mucha esperanza sobre lo que Milei podía hacer. Hoy estamos en otro lado. La esperanza se rompió para varios, aunque no para todos. Y esa genuidad dejó de ser relevante para algunos. Milei rompió con un modelo de política tradicional, y es muy atractivo eso en el mundo. Yo trabajo en una organización internacional, y el caso Milei lo llevamos como caso testigo para la organización en general, porque incluso se lo ha imitado en Europa.
Le fue tan bien al modelo de Trump y Milei que otros lo prueban, a ver cómo les va. Pero esto no terminó: ni lo de Milei ni lo de Trump. Por ahí las elecciones en Brasil del 4 de octubre nos den una respuesta a esto. Porque Flavio Bolsonaro es más del estilo Milei, y Lula es Lula. A este modelo Trump-Milei le fue muy bien en las elecciones en Colombia, y también en El Salvador, con Bukele.
¿Ve entonces una especie de licencia social a los discursos agresivos de Milei para con el periodismo?
-Totalmente. También creo que hay distintos públicos. En los extremos están los que lo apoyan a él porque les gusta; y del otro lado los que no lo van a apoyar ni votar nunca (peronistas, kirchneristas, de izquierda, en fin, el “progresismo”). A este último grupo, Milei no le habla. ¿Para qué lo va a hacer si nunca lo van a votar?
Milei le habla a su grupo y trata de convencer a los que están dudando. Y le funciona bien. No va a cambiar sus modos, porque a quien no le gustan es al progresismo. De hecho, por estos días su discurso está encrudecido. Volvió con todo de sus días en Olivos. Y efectivamente le debe medir muy bien. Pero es solo una suposición.
Agencia NA




