El nuevo orden mundial no se definirá solo entre dos potencias. También dependerá de si regiones como América del Sur deciden integrarse, invertir en infraestructura y construir una estrategia común, o resignarse a seguir jugando un rol periférico en la mayor disputa geopolítica del siglo XXI.
Por el Ing. José Sesma
El orden mundial atraviesa una etapa de redefinición profunda. La competencia por el liderazgo global ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en una realidad concreta que atraviesa el comercio, la industria, la energía y el control de los recursos estratégicos. En ese escenario, la “final mundial” por la supremacía se juega, de manera cada vez más explícita, entre China y Estados Unidos.
China ha logrado consolidarse como el principal actor del comercio mundial y como el núcleo industrial más relevante del planeta. Su dominio alcanza cerca del 90 % del refinado global, con un control prácticamente absoluto del procesamiento de tierras raras pesadas, insumo crítico del siglo XXI. Del refinado de estos minerales se obtienen materiales esenciales para la tecnología moderna, las energías renovables y la defensa.
Entre ellos se destacan los imanes permanentes, indispensables para los motores de vehículos eléctricos, las turbinas eólicas y los discos duros; los catalizadores, fundamentales tanto en la refinación de petróleo como en los convertidores catalíticos; y múltiples componentes electrónicos presentes en smartphones, televisores, pantallas LED y sistemas de fibra óptica.
A ello se suman aplicaciones estratégicas en el ámbito de la salud, como equipos de resonancia magnética y rayos X, así como usos en láseres, pigmentos, pulimentos y materiales de alta precisión. Estas aplicaciones convierten a las tierras raras en un pilar silencioso pero decisivo de la economía global y de la industria avanzada.
No obstante, esta fortaleza industrial descansa sobre una condición estructural insoslayable: China requiere enormes volúmenes de energía y petróleo para sostener su aparato productivo. Su dependencia energética se convierte así en un factor de vulnerabilidad estratégica que condiciona su proyección de largo plazo.
Estados Unidos, por su parte, ha identificado con claridad ese punto crítico.
Como segundo gran actor del comercio mundial, ha optado por reforzar su liderazgo en el sector energético, particularmente en el petróleo y los hidrocarburos en general. Su estrategia apunta a ordenar y controlar el sistema hidrocarburífero, del continente americano, transformando la energía en una herramienta central de poder geopolítico, capaz de equilibrar la balanza frente al dominio industrial chino.
En este escenario de competencia entre potencias, América del Sur y el MERCOSUR aparecen ante una oportunidad histórica. La región concentra vastos recursos energéticos, hidrocarburíferos, minerales estratégicos y capacidad productiva, pero su verdadero potencial reside en la integración logística, energética e industrial.
Sin infraestructura moderna, sin corredores bioceánicos, sin sistemas multimodales y sin una estrategia regional coordinada, el continente seguirá siendo proveedor de materias primas y espectador de una disputa ajena. Con integración, en cambio, puede convertirse en un actor relevante del nuevo orden global.
La disputa por la hegemonía global está lejos de resolverse. El partido recién comienza, aunque China parte con una ventaja evidente en materia industrial, comercial y tecnológica. El desenlace dependerá de la capacidad de cada potencia para articular industria, energía, logística y control de los recursos estratégicos en un contexto internacional cada vez más fragmentado y competitivo.




