El próximo 13 de noviembre, “Somos Deporte”, grupo nacido de la amistad de viejos y nobles deportistas, realizará un homenaje, el primero de lo que pretende ser un reconocimiento a viejas glorias. El elegido, es ‘Pichín’ Centanaro, un extraordinario jugador de básquetbol pero también “de los que jugaba bien” a todo lo que se le presentaba, y que a sus 79 años sigue haciendo “cultura física”.
Reproducimos una extensa y rica charla con él realizada por el periodista Luis Darío Molodezky, donde pudo sacar todo lo que tenía adentro, que lo volcó sobre el escritorio y que los micrófonos de la Radio UTN lo captaron como solo la voz y la expresión personal pueden hacerlo.
Estas líneas son solo la reproducción de una charla inolvidable, y que nos abre las puertas a lo que se viene ese día, en el local del Círculo de Periodistas Deportivos del Chaco, de Italia 1186 a partir de las 11 de la mañana, y donde está invitada toda la comunidad deportiva.
Charla con César “Pichín” Centenaro
—Pichín, arrancaste con una frase muy fuerte, muy personal. Nombraste a tu madre y el impacto de esa historia en tu vida.
—Sí… porque en definitiva todo empieza ahí. Siempre digo que antes que cualquier logro deportivo, está lo que uno recibe en la casa. Mi vieja fue determinante. Y también quiero decir algo que para mí es importante: muchas de las cosas que se han escrito sobre mi carrera, como aquella nota de Manolo Bordón, no fueron por afecto solamente. Manolo escribía fantástico, era muy amigo mío, pero lo que hizo fue reconocer méritos. Yo incluso lo fui a visitar cuando estaba muy enfermo. Él era fanático de Villa San Martín, y cada vez que nos encontrábamos me cargaba: “Pichín, otra vez te tengo que sufrir”. Y yo le respondía: “¿Sufrir? ¡Si ustedes ganaron nueve campeonatos seguidos!”. Nosotros apenas pudimos ganar uno o dos, aunque durante nueve años fui goleador del torneo.
—Muchos no te tenían como esgrimista.
—Y sin embargo lo fui. Muy bueno, además. Cuando era chico, tendría diez años, practicaba esgrima en el Círculo de Armas General San Martín, que quedaba cerca de Villa. Pero después vino la escuela secundaria. En esa época había que rendir examen de ingreso y necesitaba una maestra particular.
Mi mamá se enteró de que a una cuadra de casa, en Pueyrredón y Santa Fe, estaba Nelly Lischuk. Fui ahí, llegué temprano, cuatro menos cuarto, y ‘Pitín’ Lischuk —que tenía mi misma edad— me dice: “Mi hermana está durmiendo, vení al patio. Tengo una pelota de básquet”. Ahí pasó algo que me marcó para siempre. Agarré la pelota… y me enamoré. Nunca más me despegué del básquet.
El primer partido que lo cambió todo
—¿Recordás el primer partido que viste?
—Perfectamente. Hindú contra Villa, en cancha de Hindú. Estaban Mito Outeriño, los Lischuck, Coco Rocha… del otro lado Carlucho, Penny, Doso, Greco. Yo era un pibe, me volví loco. Había tanta gente que me perdí. Me querían encontrar y yo estaba metido entre la multitud, fascinado. Ahí empezó todo.
De juvenil a primera, casi sin transición
—Arrancaste a los doce y a los quince ya estabas en primera.
—Sí, a los quince o dieciséis ya jugaba en primera. Y no era fácil entrar en ese equipo. Venían de ser campeones argentinos. ¿Cómo sacás a un Filipponi o a un Outeriño? Yo lo único que podía hacer era jugar, entrenar y esperar que me dieran una oportunidad. Mi debut fue contra 12 de Octubre. Jugué un ratito. Yo ya era rapidísimo porque hacía atletismo. Hindú siempre jugó al contragolpe: rebote y salida. Y para eso yo era ideal.
La irreverencia del joven goleador
—Yo era caradura. Un día le digo a ‘Kilo’ Delovo: – ¿Usted cree que yo no puedo jugar en primera? ¿Que Mito Uterino es mejor que yo?. Se rió y me respondió: – Cuando seas campeón argentino como él, recién hablamos. Yo quería ganarme el lugar. No había otra.
El partido inolvidable: 42 puntos sin triple
—Siempre se recuerda aquel Hindú–Villa donde hiciste 42 puntos.
—Sí, contra Pótolo Sánchez, que hizo cuarenta. Sin triple. De todos lados. Hubo un tiro mío de mitad de cancha, en jump shot, y Carlucho se agarró la cabeza. Esos partidos quedan para siempre.
Jugar con los grandes del básquet argentino
—Me preguntaron quiénes fueron los mejores bases. Yo le pregunté a Cabrera y me dijo varios nombres, pero también aclaró que ninguno fue como él, porque jugaba de base y de pívot. Cabrera era el “Mago”. Un jugador extraordinario… y muy seguro de sí mismo. Pero era de esos tipos que te hacían mejor. Ese básquet de Bahía Blanca… nueve años campeones argentinos. Un equipo que incluso le ganó a Yugoslavia. ¿Cómo les ganabas?
La pasión que empieza con la radio
—Yo era un chico y escuchaba los torneos por radio. Recuerdo una final del Chaco bajo una lluvia torrencial. Se cortaba la transmisión y yo seguía ahí, con la radio pegada al oído. El básquet me marcó en todos los aspectos de mi vida. Y lo primero que me dio fue disciplina y constancia.
El entrenamiento obsesivo
—¿Cuánto hay que tirar para tener tanta precisión?
—Muchísimo. Ochocientos, mil tiros por día. Un mormón que pasó por casa me dijo: “Si querés ser buen jugador, hacé atletismo y pesas”. En esa época nadie hacía pesas. Yo entrenaba en cualquier aro que encontraba. Incluso apagaba las luces del club y tiraba a oscuras. Cerraba los ojos para buscar la mecánica del lanzamiento. Me miraba en un espejo. Era autodidacta.
El goleador y el egoísmo necesario
—El goleador tiene que ser egoísta. No lo digo yo, lo dicen todos los grandes jugadores. Siempre me marcaron hombre a hombre. Muy pocas veces me defendieron en zona. Tenía que resolver uno contra uno, sí o sí.
—¿El jugador nace o se hace?
—Se nace… y después se trabaja. Podés tener talento, pero sin disciplina, constancia y entrenamiento no llegás. Yo medía menos que muchos rivales: ‘Fininto’ Gherman tenía más de dos metros diez. Entonces tenía que compensar con preparación.
Rivalidad y amistad: Hindú y Villa
—Mi mejor amigo fue Pótolo. Rival tremendo. Jugábamos en clubes distintos y después salíamos a caminar juntos. Yo entrenaba en Villa y él en Hindú. Nos criticaban por eso. Pero el deporte también es eso: respeto.
El físico adelantado a su época
—Decían que estaba quince años adelantado porque hacía pesas. Algunos después se arrepintieron de no haber entrenado así.
—Yo me lesioné tres veces en toda mi carrera. Nada más.
—¿Jugarías en el básquet actual?
—Cada época tiene lo suyo. Creo que podría haber jugado, aunque la altura hoy pesa más. Pero el uno contra uno y el lanzamiento siguen valiendo. Lo importante es asumir el rol que te toca.
El básquet argentino y sus ciclos
—Las grandes generaciones son camadas. La Generación Dorada fue algo excepcional. Va a costar repetirla. El básquet argentino tiene talento, pero históricamente le faltan “lungos”. En Chaco, más todavía.
El legado
—Si algo me dejó el básquet fue una forma de vivir: levantarse cada día, agradecer y seguir trabajando. Mi camino fue ese. Disciplina, constancia y pasión.
La charla continúa. En la pausa radial, mientras suena la cortina de Por Amor al Deporte, queda la sensación de haber recorrido no sólo la carrera de un goleador formidable, sino también la intimidad de un hombre que, detrás del carácter competitivo, se define a sí mismo como tímido.
César “Pichín” Centenario no habla de récords como trofeos. Los menciona como estaciones de un viaje que empezó, simplemente, el día en que un chico le alcanzó una pelota en un patio de barrio.
Y nunca más la soltó.
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