El invierno disipa la sensación de riesgo. Sin embargo, es inevitable que el calor que en las últimas olas se ha cobrado más de 12.000 vidas en solo tres países europeos amenace el Cono Sur. No sería serio pronosticar un escenario de espejo para la Argentina o sus vecinos, pero sí existe una probabilidad de que el calor que vivamos en el verano próximo sea extremo. ¿Estamos listos?
El calor en Europa es reciente, aunque no es el primer año que se vive algo así. Durante el último lustro fue cada vez más común que la mayoría de los países del viejo continente vivan varios días con temperaturas superiores a los 40°C. Pero la repetición no corresponde a la costumbre. Lo que generó estupor durante esta temporada de verano fue, de acuerdo a habitantes europeos consultados por LA NACION, la certeza de que aquel nivel extremo de calor no es un fenómeno puntual, sino una nueva normalidad. Y a pesar de las advertencias de Naciones Unidas, o del mundo científico, la gestión pública ha sido insuficiente frente a esta realidad.
“Las olas de calor como esta son lo que esperamos ver en un clima cambiante”, dijo John Kennedy, jefe de información climática de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) a inicios del mes. “En los 50 años transcurridos desde la histórica ola de calor de 1976, Europa en su conjunto se ha calentado alrededor de dos grados. Es el continente que más rápido se está calentando y los extremos de temperatura también han aumentado”, afirmó. En especial, dos aspectos han sorprendido respecto del golpe tremendo que los asedia. Primero, que los domos u olas son cada vez más intensos y prolongados, y segundo, la cantidad de muertes asociadas a esto.
El calor ya es asociado a diversas enfermedades por la exposición directa, pero también propicia incendios masivos como los que hoy devastan grandes extensiones de España y de Francia. Hasta el martes, más de 220.000 personas habían sido evacuadas en la región de Gironda, en el suroeste francés que limita con España. Al otro lado de la frontera, localidades como Valdemaqueda, a 40 kilómetros de Madrid, ya ordenaron la evacuación entera del pueblo.
De acuerdo a The Guardian, entre mayo y junio hubo 2700 muertes asociadas al calor en el Reino Unido. Aunque no todas son atribuibles a las altas temperaturas, el último boletín de la Santé Publique France ‒el organismo público de salud de Francia‒ calculó 5764 solo entre el 17 de junio al 2 de julio. Por su parte, hasta la tercera semana de julio, España reportó 3800 muertes relacionadas con el domo de calor, un número que es tendencial, al menos en los últimos cuatro años.
Pero la muerte es la más evidente de las consecuencias causadas por el calor extremo. Sin embargo, hay una correlación estrecha entre amenazas a la salud humana y estos fenómenos de un clima cambiante.
Cuando una persona se expone al calor extremo, su cuerpo aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel en un intento desesperado por enfriarse. Este intento de enfriamiento crea más tensión en los órganos internos y, si la exposición es prolongada, puede provocar un fallo orgánico grave.
Según un reporte de Climate Central publicado en mayo del año pasado, casi la mitad de la población mundial había sufrido al menos 30 días de calor extremo debido al cambio climático en los 12 meses anteriores. El informe define el calor extremo como temperaturas “más altas que el 90% de las temperaturas observadas en su zona durante el periodo 1991‒2020”.
Expertos consultados por este medio contrastaron la situación europea con lo que puede suceder en un plano local y diagramaron la situación en distintas escalas. Primero que nada, es verdad que el calentamiento es global y, por lo tanto, calor en Europa significa calor en América del Sur, pero hay tal cantidad de variables en la atmósfera que los efectos en un sitio o en otro pueden ser diametralmente distintos.
Una de las diferencias centrales que Matilde Rusticucci, profesora titular de la UBA e investigadora principal Conicet, resaltó es la cuestión geográfica. “Europa es más continental que oceánico, por lo que los extremos allá son más llamativos”, afirmó. O sea que al haber más tierra, hay más probabilidad de que hayan personas sobre ella, pero la diferencia en el volumen de agua marina no se reduce solo a una discusión demográfica. Rusticucci explicó que al haber tanta agua rodeando esta zona del hemisferio sur, el calor que queda atrapado en el continente, es absorbido por los océanos.
A pesar de aquella virtud, América del Sur ha vivido cambios drásticos por el aumento de la temperatura global. Esto no significa solo una alza en la temperatura media, sino, dependiendo de la zona, más humedad, más tormentas, riesgo de más inundaciones y, como en Europa, olas de calor más prolongadas, intensas y frecuentes.
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) tiene un collage de mapas muy ilustrativo que muestra la progresión de anomalías térmicas que ha habido en todo su territorio desde 1981 hasta el 2020. En otras palabras, pinta con azul o rojo las temperaturas más frías o calientes y, aunque no es completamente homogéneo, es claro cómo el rojo comienza a predominar progresivamente en toda la Argentina conforme los años avanzan. En particular en la última década.
Los datos del SMN muestran una tendencia al alza en cantidad e intensidad de olas de calor desde 2015 hasta la actualidad. En 2022 se registró el año más caliente de su historia desde que se mide. Fue un calor intenso que marcó el fin de la megasequía.
Aquel fue el año con más olas de calor desde 1961 en el Área Metropolitana de Buenos Aires. También se vivió la ola más caliente, cuyo pico llegó a 41,5 °C y que duró cuatro días. En cuanto a la longitud de estos eventos, no se muestra una tendencia clara, aunque la mayor parte de ellos duró entre tres y cuatro días. Pero el AMBA no es la zona más caliente.
“Si vos mirás el mapa de temperatura, tenés como una lengua caliente que entra por el oeste. El aire caliente que ingresa del norte y se conduce por la cordillera hacia el sur. Esto se debe a la circulación del aire y de la cordillera”, describió Rusticucci. Como explicó la experta, son las ciudades del norte y centro cordillerano las que resultan más vulnerables a las olas de calor extremo.
Es también por eso que las alertas por olas de calor en la Argentina se activan a temperaturas distintas dependiendo del sitio. En Tucumán y Mendoza, por ejemplo, se activan cuando hay máximas de 35 y mínimas de 22 o 20,6 grados respectivamente. Córdoba enciende sus alarmas con 34,6 grados, Rosario con 33,4 y el AMBA, con más de 32. Pero al factor climático global y regional se le suma un aspecto más que tiene menos que ver con la atmósfera y con las ciudades.
“Las olas de calor se generan por un factor de gran escala. Pero el factor predominante se da por la incidencia solar. Cuando tenemos la incidencia de la radiación en una superficie como el concreto o el asfalto, se retiene mucho más el calor”, explicó Luis Muñoz, científico del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA).
Una de las líneas que sigue Muñoz es la de las islas de calor en el AMBA. Estas islas o domos se sienten sobre todo por la noche, cuando el sol no calcina a la gente y toda la energía absorbida por el concreto oscuro y el cemento de los edificios comienza a liberarse, de forma paulatina, hacia la superficie. Al concreto se suman además otros factores como los motores de los autos, el calor que escupen los aires acondicionados y todo tipo de combustión, sea en cocinas, calentadores de agua o industrias. Para Muñoz, no es solo clave analizar el calor máximo que se vive en una ola, sino también la permanencia durante la noche.
“También estudiamos la altura y densidad de los edificios. Hay un concepto que llamamos cañón urbano, que es la zona donde están las calles y a los lados hay edificios. Allí, muchas veces los rayos del sol no impactan el fondo, pero llegan a los edificios”, señaló Muñoz, que destacó que este tipo de efectos, de acuerdo a modelos que ha elaborado en algunas investigaciones recientes, se reproduce en las villas de emergencia.
“Ahí se presentan esas características con corredores angostos y edificios juntos. Es más difícil que el calor escape por la noche. A eso le sumamos la falta de acceso a servicios”, destacó el experto y agregó: “También la zona de microcentro, lejana a la 9 de Julio es otra donde podría haber más calor por la estructura que hay. Vemos que hay un gradiente en el que varía la temperatura si nos acercamos al río. En la primera línea de costa hay 3°C menos que en el centro del AMBA. Sumado a eso, dependiendo de la humedad, la temperatura puede elevarse hasta 8 grados”.
Si armamos una fotografía panorámica, podemos dar cuenta de que la Argentina se está calentando, aunque no con el ritmo de Europa. No obstante, en varias zonas, sobre todo en ciudades y aun más en las que tienen edificios altos, puede vivirse un calor localizado y más brutal. ¿Pero cómo se traduce esto en afectaciones a la salud?
En el caso argentino, no hay un monitoreo homogéneo de las muertes asociadas al calor con metodologías como las que lo registran en Europa. Es en realidad un tema que en el mundo científico todavía se encuentra en estado embrionario, aunque son cada vez más las investigaciones que asocian el calor a afectaciones a la salud en distintos sectores sociales.
En estos textos aparecen síntomas como falta de sueño, aumento de la presión arterial, fatiga, problemas de salud mental y hasta enfermedades crónicas. Un trabajo reciente liderado por Rusticucci y Francisco Chesini, investigador en salud pública de la UBA, de la Universidad Nacional de José C. Paz y miembro del Conicet, determinó que en 15 de las 21 ciudades analizadas se observó un incremento significativo en la mortalidad durante olas de calor o unos días después.
Las muertes registradas en la investigación, que se asociaron con el calor, se categorizaron en tres causas: cardiovasculares, renales y respiratorias. Se analizó un periodo entre 2015 y 2019 y se observaron registros durante olas de calor.
El estudio concluyó que la causa con mayor impacto fue la cardiovascular, con aumentos significativos en 13 ciudades, entre las que se destacaron Tucumán ‒donde más casos hubo‒ y Neuquén ‒donde hubo una tasa altísima de incremento‒. Seguido, las muertes por enfermedades respiratorias aumentaron significativamente en diez ciudades ‒en las regiones Central, Cuyo, NOA y NEA, excluyendo a la Patagonia‒ y siete por problemas renales ‒donde la incidencia creció en todo el país salvo en Cuyo y con especial énfasis en Bariloche‒.
La llegada de El Niño pone mayor incertidumbre sobre cómo puede ser el próximo verano, pues es posible que su clímax llegue a finales de primavera, aunque quizás se extienda. De ser así, es posible que las lluvias en buena parte del noreste y centro del país frenen el aumento de la temperatura. Sin embargo, de menguar la nubosidad y las tormentas, el calor intenso puede llegar a la Argentina y castigar a su población.
La Nación




