La iniciativa fue bien recibida por el Primer Triunvirato, pero cuando se le ocurrió tener bandera propia, distinta fue la cuestión. “Parece que ha llegado el momento en que se deba declarar la escarapela nacional que debemos usar para que no se equivoque con la de nuestros enemigos”, pidió Belgrano días antes en una carta.
Una de las enseñanzas que el abogado devenido en militar Manuel Belgrano incorporó, fue cuando encabezó la campaña al Paraguay, entre septiembre de 1810 y marzo de 1811. El que admitiría que “mis conocimientos militares son cortos” notó que sus hombres, vestidos con distintos uniformes o con lo que tenían a mano, no disponían de un distintivo que los identificase en el campo de batalla.
Cuando el gobierno dispuso incrementar la vigilancia en la costa del Paraná, a merced de las incursiones españolas que salían de Montevideo, Belgrano partió el viernes 24 de enero de 1812 al frente de su regimiento hacia la villa del Rosario.
Tenía 41 años cuando regresó en 1794 de sus ocho años de estudio en las Universidades de Salamanca y Valladolid, había sido nombrado funcionario del Consulado, en la primera invasión inglesa logró cruzar a la Banda Oriental cuando el general Beresford lo buscaba para que jurase lealtad al monarca británico y en el gobierno revolucionario de 1810 se desempeñaría como vocal. En diciembre de 1811 había comunicado al gobierno que declinaba la mitad de su sueldo, y aclaraba que no lo donaba todo porque era su único medio de subsistencia.
Vivía en la casa de la tercera cuadra de la calle de Santo Domingo, cerca del río. Era el soltero de los amores ocultos, como el que mantuvo con Josefa Ezcurra, que hizo que el padre de la chica llamase a un primo de España y la casase a la fuerza. Con Belgrano tendrían un hijo, Pedro, criado por Juan Manuel de Rosas.
Antes de emprender las sesenta leguas que tenía por delante, donó 49 volúmenes para la Biblioteca Pública, tal como se lo había prometido al difunto Mariano Moreno, promotor de su creación. La institución, con ocho mil libros, producto de donaciones y de confiscaciones, abriría sus puertas el 16 de marzo de ese año.
Debía levantar dos baterías frente al Paraná que defendiesen a Rosario. La obra quedó a cargo de Ángel Augusto de Monasterio, un español que había adherido a la Revolución de Mayo y que tenía conocimientos de ingeniería y artillería. Una fue levantada en las barrancas de la villa, muy cerca de la actual catedral y la llamó Libertad. La otra la emplazó, cruzando el río, en la isla del Espinillo, y a esa le impuso el nombre de Independencia.
El 13 le mandó una carta al gobierno, ejercido entonces por el Primer Triunvirato. “Parece que ha llegado el momento en que se deba declarar la escarapela nacional que debemos usar para que no se equivoque con la de nuestros enemigos y que no haya situaciones en que nos pueda ser de perjuicio. Por otra parte, observo que hay cuerpos de ejército que la llevan diferente, de modo que casi se convierte en una señal de división; situación que debe evitarse. Por tal motivo me tomo la libertad de pedir la declaratoria que antes expuse”.
El 18 de mayo de 1812 el Triunvirato decretó su uso y así se incorporó como distintivo, aclarando que quedaba abolido el distintivo rojo que, hasta entonces, estaba incorporado al uniforme patriota. El 21 los vecinos de Buenos Aires conocieron la indicación de lucirla en los sombreros.
Para Belgrano fue un paso más: “la firme resolución en que estamos de sostener la independencia de América”.
¿Cuál es el origen de sus colores?
No hay constancia cierta del porqué de la elección de los colores de la escarapela. Varias son las versiones. ¿Reproduce el color del cielo? ¿Es cierto que responden al color característico de la casa de los Borbones? ¿Es un homenaje al color que usaron los regimientos de Patricios y Húsares en la segunda invasión inglesa? ¿O hay que buscar una explicación en las cintas que French y Beruti repartieron en los convulsionados días de mayo de 1810?
Algunos historiadores adjudican sus colores a los símbolos coloniales, que los contenían, en los distintivos usados por combatientes en las invasiones inglesas como cintas o moños.
Si bien la Asamblea en 1813 la oficializaría, junto a la bandera, el escudo y el himno patrio, más trabajo tendría Belgrano cuando creara la enseña y la enarbolase por primera vez en la batería Libertad.
Cuando recibió la respuesta satisfactoria del gobierno por la escarapela, se entusiasmó con la cuestión de la bandera. “Siendo preciso enarbolar la bandera, y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional…” explicó.
A 214 años del día que el Triunvirato decretó el uso de la escarapela: la idea de Manuel Belgrano para no confundirse en la batalla – Infobae
Rivadavia le pidió que la escondiese. “La situación exige que nos conduzcamos con la mayor circunspección y medida; haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente…”
Belgrano no recibió a tiempo la respuesta. El 1 de marzo había partido para hacerse cargo del Ejército del Norte, en reemplazo de Juan Martín de Pueyrredón.
El 25 de mayo, aprovechando el segundo aniversario de la Revolución, la hizo bendecir en Jujuy por el cura Juan Ignacio Gorriti. Luego, le respondió al gobierno que la destruiría.
Pero los vientos políticos estarían a su favor. El 8 de octubre de 1812 por obra de la Logia Lautaro y de la Sociedad Patriótica cayó el gobierno y asumió el Segundo Triunvirato, que dio un nuevo impulso al movimiento independentista. Entonces, a orillas del río Pasaje, la hizo jurar a las tropas y desde entonces ese río se llama Juramento.
Desde 1935, se instituyó el 18 de mayo como el día de la escarapela, tomando la fecha en que había sido aprobada por el Triunvirato.
Por su parte, la bandera flamearía en el campo de batalla de Salta, por orden de ese abogado devenido en general empecinado y decidido, que nunca las tuvo fáciles.
(Infobae)




